La sagrada superstición

El nivel argumentativo de la gente religiosa “practicante” y pongo con comillas con muchísima intención, no es que sea muy alto que digamos. Lo cierto es que aunque en un primer momento la idea del “Bus Ateo” no me pareció excesivamente interesante, está produciendo efectos interesantes. Mucha gente cuestiona las cosas, algo que siempre es positivo a mi juicio, pero es que además muestra el tipo de argumento que los muy religiosos esgrimen. En el fondo no es otro que el decir que Dios existe. 

Es importante reseñar que decir que Dios existe no hace que automáticamente éste exista, sino que alguien lo dice. El método científico, el pensamiento crítico, no puede aceptar este tipo de “argumento” o “prueba” como válida, porque sencillamente no lo es. Decir que Dios existe equivale a decir que las hadas existen. Si yo digo que las hadas existen ¿existen acaso?

Sencillamente no.

Tampoco hay que olvidar que es aquel que afirma la existencia de algo quien tiene que aportar pruebas y en el caso de seres como los distintos dioses las pruebas han de ser también potentes e irrefutables. Por desgracia para ellos en los miles de años de existencia de toda clase de supersticiones nadie ha aportado una sola prueba que confirme la existencia de un solo dios. Vivir a expensas de lo que unos seres humanos interpreten como voluntad de unos seres cuya existencia está lejos de ser siquiera probada, no parece lo más lógico ni razonable.

La superstición es la superstición y todos lo somos más o menos. Pero la superstición condiciona la forma en la que vivimos y la forma en la que nos comportamos con los demás. La supersitición distorsiona y limita. La superstición religiosa no es distinta de la creencia en hadas o los goblins. Podríamos argumentar infinidad de percepciones personales de que toda clase de seres fantásticos existen, pero no existen sino en nuestra mente. No existen en lo tangible.

¿Qué pasaría si hubiese un autobús que dijera “Las hadas y los trasgos probablemente no existen, disfruta del bosque”? ¿Se indignarían de igual manera los Roucos, Kikos y señoras profundamente creyentes del mundo?

Creo que en el fondo de lo que tienen miedo es de la realidad que todos sospechamos. Si han reaccionado con tanta fuerza contra una simple publicidad es prueba de la propia fragilidad de su creencia supersticiosa.


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La sagrada superstición

El problema con el ateismo

Fuente original: Fernando G. Toledo.

Estoy en desacuerdo con la mayor parte de lo que usa Sam Harris como centro de esta conferencia. Me parece que el problema que plantea tiene que ver, fundamentalmente, con su deficiente posición ontológica y su muy básica filosofía de la religión. En este sentido, los hablantes hispanos podemos, si se quiere, enorgullecernos de que algunos de nuestros adalides ateos (Bueno, Puente Ojea, Pérez Jara) están en un nivel muy superior para hablar de estas cuestiones. Por lo general, Harris me parece mejor fundamentador que sus colegas de estas lides Dawkins y Hitchens. Pero, en fin, dado el interés polémico de mucho de lo que aquí expone, ofrezco el texto que sigue.

Fernando G. Toledo

En una charla en la conferencia de la Atheist Alliance que tuvo lugar en Washington D.C. el 28 de septiembre de 2007, Sam Harris dejó caer una idea que desde entonces ha tenido profundo impacto en la prensa humanista de todo el mundo. ¿Hasta qué punto debe el humanista secular hoy en día celebrar ser considerado “ateo”? ¿No han sido ya el nihilismo o el existencialismo movimientos de una más expresiva militancia atea, y sin embargo modelos éticos de una naturaleza completamente distinta? Tom Flynn, editor de Free Inquiry, resumió a la perfección la inquietud de Harris. Merece la pena sin embargo reseñar la charla completa, uno de los manifiestos humanistas más provocativos redactados durante el presente siglo.

© Sam Harris
Traducción de Ismael Valladolid Torres

Para empezar, me gustaría tomarme un momento para reseñar cómo de extraño resulta que una reunión como esta sea de hecho necesaria.

Estamos en 2007, y todos aquí hemos tenido que robarle tiempo a nuestras atareadas vidas, y algunos que viajar grandes distancias, sólo para poder reunirnos para pensar una estrategia para sobrevivir en un mundo en el que la mayor parte de la gente cree en un dios imaginario. Estados Unidos es una nación en la que viven 300 millones de personas, que influyen en el curso del mundo más que cualquier otro grupo en la historia humana, y aun esta influencia queda corrompida, y se muestra decadente, porque 240 millones de estas personas aparentemente están convencidas de que de un momento a otro Jesús va a volver y a orquestar el fin del mundo con sus poderes mágicos. Por supuesto, podemos especular con cuánta de esa gente que dice creer en esas cosas, realmente lo hace. Sé que Christopher —Hitchens— y Richard —Dawkins— son optimistas acerca de que el resultado de este tipo de sondeos de opinión realmente refleje lo que la gente profesa privadamente.

Pero no hay duda de que la mayor parte de nuestros vecinos realmente actúan como si creyeran este tipo de cosas, y de que dichas profesiones han tenido un efecto desastroso en nuestro discurso político, en nuestras actuaciones públicas, en la enseñanza de la ciencia y en nuestra reputación ante el mundo. Aún si sólo una tercera o una cuarta parte de nuestros vecinos creen realmente en lo que luego profesan, creo que tenemos un buen problema del que preocuparnos. No me encuentro a menudo en un salón como éste, rodeado de gente con la que más o menos tengo la garantía de estar de acuerdo en el tema de la religión. Al pensar en lo que podría deciros esta noche, me pareció que podía elegir entre arrojar carne fresca a los leones del ateísmo, o llevar la conversación a un terreno en el que podríamos no estar de acuerdo. Me he permitido, a riesgo de afectar a vuestro humor, elegir la segunda opción, y decir un par de cosas que podrían crear controversia. Dada la ausencia de evidencias de la existencia de Dios, y la estupidez y el sufrimiento que aún hoy surgen bajo el manto de la religión, declararse a uno mismo «ateo» podría parecer la única respuesta adecuada. Y es la posición que muchos de nosotros hemos adoptado orgullosamente en público. Hoy voy a sugerir que nuestro uso de esta etiqueta es un error, y un error con consecuencias.

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El problema con el ateismo