Cómo les afectan nuestras desgracios a otros

En medio de una insurgencia yihadista que afecta al planeta, la proximidad geográfica y social afecta cómo vivimos los acontecimientos.

De hecho voy a a hacer una suposición loca: Imagino que en Pakistán estarán más volcados con esta horripilante desgracia que con lo que ha pasado en Bélgica o en París o lo que pueda a pasar en Roma, Barcelona u Oslo… y yo sería el último en reprocharles que no se sientan obligatoriamente igual que con los europeos masacrados. Creo que es momento de dejar de presuponer cómo se siente la gente sólo porque se sienta más afectada por lo que les toca más cerca tanto geográfica como socialmente.

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Las consecuencas de echar a los refugiados

El mensaje que se envía cuando desde la Unión Europea se rechaza a los refugiados de la guerra de Siria es más poderoso de lo que pensamos, y sirve, lo queramos o no, a fines que empeorarán la ya de por si horrible situación de guerra y terrorismo que sufren millones de personas y que nosotros contemplamos desde nuestra ilusoria burbuja de protección.

Uno de los mensajes que más profundo calan del discurso fanático de ISIS es, precisamente, que occidente desprecia a casi todos los musulmanes por igual, independientemente de si son musulmanes en general, islamistas o yihadistas, por lo tanto es mejor unirse a ellos para acabar con occidente. Es este el mensaje, que rechazando a todos los refugiados sirios, estamos potenciando, independientemente de si es o no la auténtica intención real o declarada.

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por Moni, para Fotomovimento CC by-nc-nd

Como sociedad debemos comprender que no existe equivalencia necesaria entre los términos musulmán, islamista y yihadista

El rechazo en general a cualquiera que sea musulmán sólo alimenta la retórica por la cual, ante la ausencia de opción mejor, personas perfectamente normales y que se toman su religión con relativa menor importancia, acaben siendo vulnerables a la dialéctica radical de grupos como ISIS. Con el tiempo cualquier argumento de occidente acaba teniendo la consistencia moral de palabras que se lleva el viento.

¿Significa esto que debemos aceptar a cualquiera sin control alguno? No, esta opción es también indeseable y profundamente peligrosa. Dejar pasar a yihadistas es absolutamente peligroso, y tan peligroso como asumir que los yihadistas no son capaces de infiltrarse en peligrosas pateras en su obsesión por atacar occidente a costa de sus propias vidas. Es necesario crear herramientas y sistemas que permitan detectar a la mayor parte de éstos, asumiendo que un sistema tal es imperfecto y, en consecuencia, alguno podrá pasar los filtros. No implementar filtros y recursos es, en cualquier caso, un error que debemos evitar. Que esos filtros no sean perfectos es motivación suficiente para ponerlos a prueba y perfeccionarlos cuanto antes ante una insurgencia yihadista global y lo que ésta representará durante las próximas décadas en cuando a muerte, sufrimiento y destrucción por todo el planeta. Además estos filtros y experiencia real de “campo” ayudará a identificar aquellos yihadistas que no sólo no vienen de otros países, sino que son nativos de occidente e incluso son de ascendencia occidental desde hace ya generaciones.

Una clave, por lo tanto, puede ser aprender a tolerar a las personas y someter todas las ideas, incluso las nuestras, a un profundo y crítico escrutinio

Porque parte del problema es confundir yihadistas e islamistas, que tratan de imponer sus ideas los primeros por la fuerza y los segundos políticamente, con todos los musulmanes en general y en última instancia con el Islam que es, una religión, no un colectivo étnico concreto por más que esté más concentrado en unas regiones del globo. Tampoco debemos confundir la crítica a la religión del Islam, u otras religiones, con la crítica a las personas por profesarlas, o el rechazo a los islamistas y yihadistas. Comprender estos matices, darse cuenta de las implicaciones que tienen, es la única forma posible de tratar de iniciar unos protocolos que permitan, precisamente, ayudar a todos los que huyen de la violencia de los radicales del Islam, y de la violencia en general. Una clave, por lo tanto, puede ser aprender a tolerar a las personas y someter todas las ideas, incluso las nuestras, a un profundo y crítico escrutinio.

No podemos dejar de lado cómo los motivos religiosos se mezclan con objetivos políticos de tal compleja forma que no es posible hablar de unos sin tener en cuenta los otros. La cerrazón a cualquiera que profese una religión por el hecho de profesarla, no considerando la medida o intención, sólo alimenta al monstruo al que pretendemos derrotar y más cuando no sabemos cómo derrotarle, si acaso cómo combatirle en algunos aspectos; no en todos.

Una de las principales armas que tenemos es, precisamente, la tolerancia religiosa, y la otra la libertad de expresión para criticar cualquier religión como idea. Ambas nociones, aunque parezcan contradictorias de hecho no lo son. La una no sirve sin la otra. Y a la hora de criticar a las personas por sus ideas, actos e intenciones, no debemos olvidar el peligro de la generalización. No podemos poner en el mismo lado el islamista que condena y encarcela al, según su interpretación, hereje, con el yihadista que lo mata, con ciertos grupos de musulmanes que sufren esa opresión en un país teocrático; por no hablar de mujeres, homosexuales, etc. que a menudo son objeto de abusos y torturas por el hecho de haber nacido en un país teocrático y sin embargo, sí, muchos también son musulmanes. Dicho esto, capítulo a parte merecería considerar a personas que son ateas, agnósticas o profesan otras religiones, o piensan de cualquier otro modo, no beligerante, pero distinto de la interpretación concreta de turno.

Ninguna de estas cuestiones puede sernos completamente ajenas ni pueden ser ignoradas por occidente como si no fueran con nosotros, como si fueran cosas que no ocurren en nuestros territorios de influencia

Mirar el problema como una compleja maraña de creencias religiosas, políticas, nacionalistas, filosóficas, sociales y económicas debe ser suficiente para comprender que una pretendida solución simple no puede arreglar nada en el medio o largo plazo. Si acaso agravar la situación futura aún más. Ninguna de estas cuestiones puede sernos completamente ajenas ni pueden ser ignoradas por occidente como si no fueran con nosotros, como si fueran cosas que no ocurren en nuestros territorios de influencia. Si en algo debemos destacar es hacer valer los valores que desde la ilustración y la tradición humanista hemos ido fomentando para desarrollar herramientas que nos permiten reducir el sufrimiento de la mayor cantidad de gente por la mayor cantidad de tiempo posible al tiempo que se permite a cada individuo tratar de explotar su todo su potencial según su preferencia y como único límite el de las libertades de los demás. Estas herramientas son las que los fanáticos más aborrecen. No usarlas hace que las perdamos definitivamente para desgracia de la humanidad en su totalidad, pero usarlas nos dan, al menos, una oportunidad de luchar contra la barbarie y sí, la sinrazón.

Las consecuencas de echar a los refugiados

Crisis refugiados

Europa debería haber aprendido a que es necesario tener mecanismos eficientes para ayudar a los refugiados. Un grupo de naciones avanzadas deberían tener políticas claras de forma que

1) se pueda acoger a los refugiados,

2) se pueda detectar a aquellos que se quieren hacer pasar por refugiados sin serlo y son peligros potenciales, que los hay,

3) y que se vele por proteger y defender los derechos sociales y humanos de los que nos jactamos, aprendiendo que debemos defender esos valores ante otros que sin duda los cuestionarán y pondrán en riesgo.

No podemos seguir viviendo en una burbuja, la realidad es más compleja y nuestra ilusión es eso, ilusión. Dejar afuera la realidad sólo hará que estalle en nuestras caras sin mecanismos para defendernos. En esta crisis, como en otras situaciones parecidas, no todo es blanco o negro. Nos jugamos mucho y las cosas hay que hacerlas bien, sí, pero hacerlas.

El punto 3 me parece clave cuando hablamos de  una Europa en la que los derechos humanos han cobrado especial relevancia y promoción. El pensamiento crítico, la ilustración, la igualdad de oportunidades, la libertad de expresión son pilares clave que se enfrentarán a desafíos cuando diversas formas de pensamiento acabarán chocando nos guste o no.

Vivimos en una encrucijada en la que intereses estratégicos, políticos y religiosos se mezclan de forma que puede llegar a ser letales. En este proceso debemos afianzar nuestro discurso en una defensa sin precedentes de los valores humanistas que nos han hecho crear una de las sociedades con mayores y mejores garantías para la mayoría. Si bien nuestra sociedad es altamente imperfecta, no es menos cierto que sólo gracias al sistema que nos hemos otorgado podemos mejorarla. Centrarnos en los defectos para cualificar como fracaso la totalidad del sistema es, de hecho, un enorme error que de seguir cometiendo acabará comprometiendo toda nuestra cultura occidental. Sí debemos centrarnos en los errores para aprender y mejorar, pero no para castigarnos incluso por aquello que hemos hecho y hacemos correctamente.

 

Crisis refugiados