Ateo o agnóstico

Creo que ambos términos están más cerca de lo que parece. Mi posición ante a cual de los dos términos me aproximo más es ateo ¿porqué?

Bueno, existen muchas definiciones, y personalmente no me gusta encasillarme, pero si debo describirme en pocas palabras soy ateo y voy a explicar porqué creo que la mayor parte de los que se dicen agnósticos también lo son.

Ateo es aquel que básicamente no cree que existan dioses algunos. Agnóstico sería, de forma muy general, aquel que dice que no puede saber si hay un dios.

El problema es que con frecuencia la diferencia se pierde en la noción de dios.

Porque cuando hablamos de dios hay esencialmente dos tipos distintos: el dios religioso y el dios metafísico, la causa del origen, el universo, o la naturaleza, como se quiera llamar. Por un lado un ser consciente de si mismo con capacidad para actuar y por otro una serie de fenómenos poderosos que espacapan a nuestra posible comprensión. Pero ambos conceptos son distintos. Un ateo, en rigor, sería aquel que no cree que existan dioses del tipo descrito por religiones, seres conscientes, que han intervenido o intervienen en los hechos de la naturaleza o son precursores de ésta. Un ateo es ateo de Yahvé, Alá y también de Ra, Osiris, Zeus o Shiva. Los ateos no creen en ninguno de los más de 2.000 dioses que las personas han imaginado en algún momento de la historia, fantasías que muchos siguen creyendose aún hoy.

Alguien que se dice agnóstico no cree que exista Zeus, ni cree que exista Shiva ¿porqué debería poner en duda la existencia de cualquier otro dios del tipo descrito en cualquier religión? Si llamamos dios a otra cosa distinta de los prototipos preconizados por las religiones estamos, de hecho, hablando de otra cosa. Y en rigor deberíamos dejar de usar la misma palabra para describirlo. Podemos llamarlo de muchas maneras, menos dios.

Esa es la confusión. Usamos las mismas palabras, secuencias de letras, para expresar cuestiones muy distintas, ya sea fe, creer, saber o dios.

Como ateo no pretendo saber lo que no sé, pero no voy a por ello llamarme agnóstico cuando, en coherencia con lo expresado, no lo soy.

Ateo o agnóstico

Creer o creerse algo

Personalmente no me gustan las clasificaciones. Encorsetan demasiado. Definen algo que muchas veces no es correcto. Yo sería considerado un ateo, pero la verdad no es que crea que no existe “Dios”, sino que no me creo que existan dioses, en general, ninguno.

Muchos que dicen que no hay que ser ateo, que es mejor ser agnóstico, cosa que no desdeño del todo, por supuesto, no caen en la cuenta de que hay pocos que se crean que existe Zeus, o Shiva, por poner sólo dos ejemplos de los millones que se podrían poner a lo largo de la historia e incluso prehistoria humana. Uno parece ser ateo o agnóstico de dioses que otros se los creen. La diferencia es esa, y es semántica “¿Crees en Dios?” sería la pregunta clásica de alguien que ¿cree o se lo cree? Si la pregunta fuera “te crees que existe Dios” ya estamos posicionándonos en una posición enfrentada a dicha ¿creencia o credulidad? Y no por ofender, pero las cosas son así, yo basándome en la experiencia, la lógica, la razón y el pensamiento razonado no puedo creerme que exista dios alguno, ya sea uno con muchos brazos, uno con cara de cocodrilo, u otro con cualquier otro folclore asociado.

Hay quien sí se los cree, pero esa es precisamente la postura extraña, no la mía, y más si va sumada de creencias en reglas morales asociadas, vidas después de la muerte y cosas así. Así que no soy ateo, porque de base no puedo concebir que exista algo como lo que otros se creen. Si se lo creen, allá ellos, pero a mi que no me clasifiquen, que se clasifiquen ellos.

Creer o creerse algo

El problema con el ateismo

Fuente original: Fernando G. Toledo.

Estoy en desacuerdo con la mayor parte de lo que usa Sam Harris como centro de esta conferencia. Me parece que el problema que plantea tiene que ver, fundamentalmente, con su deficiente posición ontológica y su muy básica filosofía de la religión. En este sentido, los hablantes hispanos podemos, si se quiere, enorgullecernos de que algunos de nuestros adalides ateos (Bueno, Puente Ojea, Pérez Jara) están en un nivel muy superior para hablar de estas cuestiones. Por lo general, Harris me parece mejor fundamentador que sus colegas de estas lides Dawkins y Hitchens. Pero, en fin, dado el interés polémico de mucho de lo que aquí expone, ofrezco el texto que sigue.

Fernando G. Toledo

En una charla en la conferencia de la Atheist Alliance que tuvo lugar en Washington D.C. el 28 de septiembre de 2007, Sam Harris dejó caer una idea que desde entonces ha tenido profundo impacto en la prensa humanista de todo el mundo. ¿Hasta qué punto debe el humanista secular hoy en día celebrar ser considerado “ateo”? ¿No han sido ya el nihilismo o el existencialismo movimientos de una más expresiva militancia atea, y sin embargo modelos éticos de una naturaleza completamente distinta? Tom Flynn, editor de Free Inquiry, resumió a la perfección la inquietud de Harris. Merece la pena sin embargo reseñar la charla completa, uno de los manifiestos humanistas más provocativos redactados durante el presente siglo.

© Sam Harris
Traducción de Ismael Valladolid Torres

Para empezar, me gustaría tomarme un momento para reseñar cómo de extraño resulta que una reunión como esta sea de hecho necesaria.

Estamos en 2007, y todos aquí hemos tenido que robarle tiempo a nuestras atareadas vidas, y algunos que viajar grandes distancias, sólo para poder reunirnos para pensar una estrategia para sobrevivir en un mundo en el que la mayor parte de la gente cree en un dios imaginario. Estados Unidos es una nación en la que viven 300 millones de personas, que influyen en el curso del mundo más que cualquier otro grupo en la historia humana, y aun esta influencia queda corrompida, y se muestra decadente, porque 240 millones de estas personas aparentemente están convencidas de que de un momento a otro Jesús va a volver y a orquestar el fin del mundo con sus poderes mágicos. Por supuesto, podemos especular con cuánta de esa gente que dice creer en esas cosas, realmente lo hace. Sé que Christopher —Hitchens— y Richard —Dawkins— son optimistas acerca de que el resultado de este tipo de sondeos de opinión realmente refleje lo que la gente profesa privadamente.

Pero no hay duda de que la mayor parte de nuestros vecinos realmente actúan como si creyeran este tipo de cosas, y de que dichas profesiones han tenido un efecto desastroso en nuestro discurso político, en nuestras actuaciones públicas, en la enseñanza de la ciencia y en nuestra reputación ante el mundo. Aún si sólo una tercera o una cuarta parte de nuestros vecinos creen realmente en lo que luego profesan, creo que tenemos un buen problema del que preocuparnos. No me encuentro a menudo en un salón como éste, rodeado de gente con la que más o menos tengo la garantía de estar de acuerdo en el tema de la religión. Al pensar en lo que podría deciros esta noche, me pareció que podía elegir entre arrojar carne fresca a los leones del ateísmo, o llevar la conversación a un terreno en el que podríamos no estar de acuerdo. Me he permitido, a riesgo de afectar a vuestro humor, elegir la segunda opción, y decir un par de cosas que podrían crear controversia. Dada la ausencia de evidencias de la existencia de Dios, y la estupidez y el sufrimiento que aún hoy surgen bajo el manto de la religión, declararse a uno mismo «ateo» podría parecer la única respuesta adecuada. Y es la posición que muchos de nosotros hemos adoptado orgullosamente en público. Hoy voy a sugerir que nuestro uso de esta etiqueta es un error, y un error con consecuencias.

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El problema con el ateismo