La Desobediencia Civil por Thoreau parte 6 de 8

La noche en la cárcel fue novedosa y bastante interesante. Cuando entré, los presos, en mangas de camisa, disfrutaban una plática y el atardecer en el pasillo. Pero el carcelero dijo: Vamos, muchachos, es hora de regresar a sus celdas; entonces se dispersaron y escuche el ruido de sus pasos que se dirigían a los vacíos apartamientos. El carcelero me presentó a mi compañero de habitación como una persona de primera categoría y muy lista. Cuando se cerró la puerta me mostró donde colgar mi sombrero y como se las arreglaba ahí. Blanqueaban las celdas una vez al mes y ésta por lo menos era la más blanca y la más simplemente amueblada y probablemente el apartamiento más limpio de toda la ciudad. Naturalmente, quiso saber de dónde era y por qué me habían llevado ahí. Cuando se lo dije y le pregunté cómo había ido a parar ahí, suponiendo que era un hombre honesto por supuesto, y cómo están las cosas creo que lo era. Mire -dijo- me acusan de haber quemado un granero pero nunca lo hice. Según pude descubrir, es probable que se haya acostado en un granero estando borracho y ahí fumó su pipa, de manera que el granero se quemó. Tenía fama de hombre listo, estaba ahí desde hacía unos tres meses esperando el proceso y debería aguardar mucho más, pero estaba muy conforme y contento porque le daban pensión gratis y pensaba que lo trataban bien.

El ocupaba una ventana y yo la otra; comprobé que, si uno se queda mucho tiempo ahí, la principal ocupación consiste en mirar por la ventana. Al rato leí todas las inscripciones dejadas en la celda, examiné por donde se habían escapado otros presos y donde habían aserrado un barrote, y me enteré de la historia de los distintos ocupantes de esa celda; descubrí que hasta aquí, había una historia y comentarios que jamás circulaban fuera de los muros de la cárcel. Probablemente sea la única casa del pueblo donde se componen versos que después circulan entre los prisioneros pero no se publican. Me mostraron una larga lista de versos compuestos por algunos jóvenes que fueron sorprendidos cuando intentaban fugarse, y luego se vengaron cantándolos.

Cuestioné a mi compañero de cautiverio todo lo que pude temiendo que nunca volviese a verlo, pero por último me indicó cuál era mi cama y me hizo apagar la lámpara.

Fue como viajar a un remoto país que nunca esperé observar y en donde nunca pensé pernoctar una noche. Me pareció que nunca había oído antes el sonido del reloj de la ciudad, ni los ruidos nocturnos del pueblo, porque dormíamos con las ventanas abiertas, que estaban por dentro de la reja. Habría de ver mi pueblo nativo a la luz de la Edad Media, nuestro Concord convirtióse en una corriente del Rhin y visiones de caballeros y castillos desfilaron ante mis ojos. Eran las voces de viejos aledaños que oía en las calles. Fui espectador y oyente involuntario de todo cuanto se hacía y decía en la cocina de la posada adyacente, experiencia totalmente nueva y rara para mí. Fue una visión más íntima de mi ciudad nativa. Estaba en sus entrañas. Nunca había conocido hasta entonces sus instituciones. Esta es una de sus instituciones peculiares porque es cabeza de condado. Comencé a comprender qué eran sus habitantes.

Por la mañana nos pasaban el desayuno a través del agujero de la puerta en pequeñas bandejas rectangulares de estaño, hechas a medida y sosteniendo ciento veinticinco gramos de chocolate, pan moreno y una cuchara de hierro. Cuando pidieron los recipientes, cometí la ingenuidad de devolver el pan sobrante, pero mi camarada lo atrapó diciendo que debía reservarlo para el almuerzo o la cena. Poco después lo dejaron salir para acarrear pasto seco en un campo vecino adonde iba todos los días y regresaba al medio día; en consecuencia me dio los buenos días diciendo que dudaba de que volvería a verme.

Cuando salí de la cárcel -porque algún entrometido pagó aquel impuesto- no comprendía que habían ocurrido grandes e importantes cambios, como los observados por quien entra joven y sale vacilante y canoso; y ya para mí se había operado un cambio en la escena -el pueblo, el Estado y el condado- mayor de lo que habría podido causar el tiempo. Aún vi con mayor claridad el Estado en el que vivía. Vi hasta qué punto la gente entre la cual vivía era digna de confianza, como buenos vecinos y amigos: que su amistad era para los buenos tiempos solamente; que no se proponían mayormente obrar bien; que eran de una raza distinta a la mía por sus prejuicios y supersticiones, como sucede con chinos y malayos, que en sus sacrificios por la humanidad no corren riesgos, ni siquiera en sus bienes; que, después de todo, no eran tan nobles ya que trataban al ladrón tal y como él les había tratado y esperaban, mediante cierto cumplimiento aparente, algunas oraciones y recorriendo de cuando en cuando cierto sendero recto y particular, aunque inútil, salvar sus almas. Puede que con esto parezca juzgar crudamente a mis vecinos, porque pienso que muchos de ellos no tienen conciencia de que poseen una institución como la cárcel en su pueblo.

Antiguamente en nuestro pueblo se acostumbraba a que, cuando un deudor pobre salía de la cárcel, sus amistades lo saludaban mirándolo a través de los dedos que cruzaban para representar la reja de una ventana de prisión: ¿cómo le va? Mis vecinos no me saludaron así, sino que primero me miraron y después se miraron uno al otro como si hubiese regresado de un largo viaje. Me habían encarcelado cuando iba al zapatero a recoger un zapato remendado.

Cuando me soltaron la mañana siguiente proseguí a terminar el mandado y, habiéndome puesto el zapato remendado, me uní a un grupo de gente que iba a juntar gayubas y estaba impaciente por colocarse bajo mi guía; a la media hora -porque pronto el caballo fue aparejado- estaba en el centro de un campo de gayubas de uno de nuestros cerros más altos, a dos millas de distancia, y desde ahí no se veía el Estado por ninguna parte.

Esta es toda la historia de mis prisiones.

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