Un sistema corrupto

Aaron Swartz se ha suicidado hace unos días, pero no podemos olvidar nunca que su muerte tiene culpables. Y la culpa principal cae sobre la corrupción de un sistema que ha llevado la defensa a ultranza de una concepción maximalista del copyright a una mera de nueva religión que aceptas o te convierte en un hereje. A Aaron Swartz lo conocí en 2008 cuando tenía apenas 22 años y me abrumó su inteligencia y compromiso por hacer el mundo un poco más justo sin pedir nada a cambio. Al conocerle supe que había esperanza.

aaron in memoriam

No sólo fue uno de los más importantes activistas por la libertad en Internet al salvarnos de, junto a otros, la Ley SOPA,  sino que aprendió y comprendió los entresijos de la gestión del poder en el Congreso de los Estados Unidos para lograrlo.

Pero Aaron no pudo con un sistema que le quería encarcelar más de 50 años por el peligroso crimen de intentar compartir conocimiento científico de forma abierta y gratuita. Y no olvidemos que un sistema corrupto sólo es posible si la ciudadanía lo acepta e incluso premia. Debemos de ser intolerantes con los corruptos, empezando por los políticos y siguiendo con todos los demás; o corremos el riesgo de seguir tratando a los héroes de nuestro tiempo, Brad Manning, Julian Assange o el propio Aaron Swartz como criminales, cuando son justo lo opuesto.

El potencial de Aaron era enorme. Y cumple la premisa de Blade Runner de que “aquello que brilla con el doble de intensidad dura menos tiempo” y Aaron ha brillado tanto en tan poco tiempo…

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