La historia de los dos viajeros en un tren

Hace unos años conocí a un señor hindú que me contó una historia cuya autoría original no conozco, pero que creo vale la pena publicar aquí:

En uno de esos trenes que cruzan grandes extensiones de la India viajaban en un vagón dos hombres que no se conocían de nada. Uno de ellos estaba acompañado de sus dos hijos que no paraban de jugar y alborotar por todo el lugar. El hombre sentado frente al padre de los niños no dejaba de pensar en lo mal que había educado ese padre a sus hijos pues les consentía tanto ruido y juegos que podían molestar, y de hecho ocurría, al otros pasajeros.

Durante unos minutos todo siguió igual ante la creciente incomodidad del hombre que no dejaba de mirar al padre que tenía la mirada perdida en algún lugar distante al otro lado de la ventana del vagón.

Tras un rato el padre pareció que despertaba de algún tipo de ensueño y se dio cuenta del enfado y las inquisitivas miradas del otro viajero. Entonces se dirigió a él y le dijo: “por favor, lamento que mis hijos le estén molestado. Espero que nos sepa disculpar. Venimos de lejos de enterrar a su madre en su ciudad natal. Desde que ella murió esta es la primera vez que he visto a mis hijos volver a reír y jugar. Me siento incapaz de pedirles que dejen de hacerlo.”

La expresión del otro hombre cambió enseguida y pasó del enfado a la profunda comprensión. No había nada que perdonar.  El viajero se quedó mirando alternativamente al padre y a los niños mientras estos seguían jugando y casi sin darse cuenta empezó a sonreir ante las inocentes travesuras de los niños y sus risas.

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Con demasiada frecuencia respondemos con agravios a los que nos agravian. A veces hay que escuchar, a veces hay que preguntar. A veces hay que comprender de la misma forma que en muchas ocasiones nosotros queremos que nos comprendan. A veces somos el viajero sentado enfrente del padre, otras veces somos el padre. A veces somos los niños.

La historia de los dos viajeros en un tren

Reconocer el problema vs. reconocerlo y hacer algo

Una persona que reconoce un problema me parece muy valiente, pero aquella que además hace algo para solucionarlo me lo parece mucho más. Una sociedad que mira la verdad cara a cara, reconoce sus problemas y sus culpas y hace algo para mejorar, es una sociedad que merece la pena defender. Aquella que se esconde, que busca excusas, que no acepta su responsabilidad ni sus posibilidades es una sociedad cobarde que difícilmente podrá evolucionar a una forma mejor.

Reconocer el problema vs. reconocerlo y hacer algo

El interés por la religión

La religión siempre me ha interesado mucho, pero especialmente desde el punto de vista sociológico e histórico. No podemos ignorar, en ningún caso, su influencia en nuestra vidas estemos adscritos a una religión en concreto o aparentemente no estemos. Es muy importante conocer la religión en general y sus mecanismos, sobre todo para reconocer religiones que a priori no nos parecen tales y que nos hacen comulgar con ideas extrañas sin percatarnos.

Es por eso que en el ámbito académico sí me parece correcto estudiar las religiones, pero no desde luego la asignatura de “religión” de forma independiente. Si me interesa reconocer las religiones es porque reconozco su inmenso peligro en las forma de pensar y actuar de las personas. No es que no existan valores que se transmitan que en muchos casos no sean correctos, es la forma en la que se tienen que aceptar esos valores que es en si peligroso pues se ha de renunciar, de forma expresa, al pensamiento crítico y la razón.

Recordemos que algo peligroso no lo es tanto porque aparentemente sea malo de una u otra perspectiva moral, el peligro está en ambas vertientes de lo que se nos antoja bueno o malo, sino la forma en la que aceptamos e interpretamos el mundo, sin cuestionar en muchos casos unos preceptos que pueden estar, y a menudo están, sencillamente equivocados en su justificación.

El interés por la religión

El peso de la evidencia exigida

Si en un momento dado le pido prestado a alguien una cantidad de dinero, digamos, 5 euros, si es un amigo probablemente me fiará sin mayor problema. Me conocen, conocen mi naturaleza y estiman mi seriedad. Si en cambio pido 5.000 el amigo será mucho más reticente y querrá algún tipo de garantía que le asegure que el dinero le será devueltos tarde o temprano (mejor temprano).

Si en cambio pido los 5 euros a alguien que no conozco por la calle, es muy poco probable que me den el dinero. No me conocen, no saben quien soy ni de qué voy. Es lógico que no confíen. Es necesaria una evidencia de que ese dinero será recuperado. Ya de los 5.000 mejor ni hablamos.

En cambio en temas de religión parece que cualquier persona que no conozco de nada me puede pedir que confíe en que algo va a ocurrir en base a que ellos creen que va a ocurrir porque lo pone en un libro y lo sienten así en su cabeza (quiero decir cerebro). Y hablamos de hechos impresionantes  como justicia más allá de la muerte y vida eterna tras la muerte física en este mundo. Esas son afirmaciones que necesariamente van a condicionar mi vida actual y mi desempeño pues  hay condiciones para llegar a eso. Lo siento pero nadie puede criticar que sea escéptico y pida garantías tan importantes como importante son las afirmaciones  hechas.

Los mismos que me piden que crean ciegamente me pedirán garantías cuando les solicite grandes cantidades de dinero sin conocerles de nada.

El peso de la evidencia exigida

El ser invisible indemostrable

¿Porque se obsesionan las religiones y sus líderes en que la gente crea en una entidad, sea la que sea, pero que se crea en algo?

Si nos fijamos veremos que el enemigo común de las religiones en general (y excluyo el budismo) no es que la gente crea en un dios u otro, sino que no crean en ninguno (o mejor dicho “que no se crean ningún dios”).

Porque en el fondo lo que buscan las religiones es gente capaz de creerse algo sin evidencia alguna, simplemente porque sí, porque de esa manera los legítimos intérpretes de las escrituras, los que hablan con ese dios pueden meter en la cabeza de cualquiera de esas personas cualquier idea no importa lo poco o mucho peregrina que sea.

En el porqué de cualquier religión no está el concepto moral, sino el control de las masas con ilusiones indemostrables. La gente crédula es gente más fácil de controlar. La gente que cuestiona las cosas como base para poder aceptarlas es gente mucho más difícil de manipular.

El ser invisible indemostrable

La superstición

Dejar de creer porque sí es una actitud que al principio da miedo. Buscar la razón, la lógica y descartar la cháchara, la superstición a veces parece que nos acerca a un precipicio pero a la larga resulta especialmente liberador.

Creer que por querer creer algo, ese algo va a ser real es un salto que no deberíamos asumir nunca. La realidad es más obstinada que nuestros más obstinados deseos. Es cierto que hay que desear, pero de ahí a pensar que sin acción va a ser suficiente para cambiar algo, existe un salto cualitativo muy importante.

La superstición está ahí, nos rodea. Queremos creer que las cosas mejorarán, pero con creerlo no es suficiente garantía. A veces las cosas ocurren de una manera y otras veces de otra. El conjunto de interacciones es enorme y las posibilidades se antojan infinitas.

Podemos soñar que siempre va a haber una mano amiga que nos salve en el momento preciso, pero es más importante darse cuenta de que no existen garantías al respecto. Puede que esa mano llegue, pero también puede que no. Es mejor estar preparado y aceptar las cosas como son.

En el ámbito de la vida ser consciente de nuestro lugar en el universo, aunque da miedo, es liberador. Liberarse de la superstición es una de las actividades más reconfortantes a la postre.

La superstición