Mea culpa

A veces lo más honesto es entonar el mea culpa y en este caso lo hago. Cuando leo comentarios en algunas páginas de Internet en la que se insulta abiertamente a personas poniendo en duda su inteligencia únicamente por creer en la existencia de un dios determinado o por formar parte de una religión, no puedo menos que recordar la absurda condescendencia con la que he solido yo mismo tratar a las personas que creen en tales cosas.

Es lógico que si pretendemos convencer a la gente de que no existen ni dioses, ni por lo tanto mandatos divinos, el camino de la ofensa y el prejuicio están lejos de ser las vías más adecuadas.

Es natural, si te sientes insultado, porque de hecho te insultan, la tendencia natural es ponerse a la defensiva. Como persona que no cree en ciertas cosas he vivido ese mismo prejuicio con el que he tratado, por lo tanto, a los que si se las creen.

Al final todo es cuestión de un “cómo te sentirías si eso que tu dices, o como lo dices, te lo dijeran a ti“. Es cierto que a veces no existe otra manera de hacerlo, pero en la mayor parte de las ocasiones, cuando tratas con personas sensibles e inteligentes, es fácil lograr la empatía suficiente para hacer comprender la posición sin recurrir a la descalificación.

Hay quien dice que creer en dios es de tontos. Creo que todos hemos sido por lo tanto tontos de vez en cuando. Es fácil creer en dioses porque de hecho es lo que la lógica anima a creer. Para dejar de creer en dioses y basarse en los hechos y las evidencias hace falta una especie muy determinada de reflexión que evade, en muchas ocasiones al menos, la lógica.

Es lógico creer que algo o alguien precede a las causas siempre. Es lógico pensar que si la Tierra está en una galaxia y ésta se encuentre en el Universo, este se encuentre a su vez en otro contenedor y que lo final sea algo similar a una entidad todopoderosa. A esa entidad se le puede llamar dios, o al hecho del inicio de lo que existe se le puede llamar accidente. Pero llegar al concepto de “accidente” como precursor de todo es un proceso difícil que requiere un gran esfuerzo de abstracción.

Renunciar al consuelo de que tras la muerte volveremos a ver a nuestros seres queridos no es un trago dulce. Cualquiera que haya perdido a un ser querido sabe qué amargo es, y si sumamos a eso que el no creer en la resurrección hace que nos demos cuenta de que la muerte es por lo tanto el final total es, en muchas ocasiones, terriblemente descorazonador.

¿Debemos juzgar con severidad a quien cree que existe uno u otro dios? ¿Debemos calificar de tonto al padre que cree que verá a su hijo muerto cuando él mismo muera? No más de lo que debemos juzgarnos a nosotros mismos. Es, como diría la figura mitológica o no, de Jesús “no juzgues si no quieres ser juzgado”. Hay que comprender y simpatizar. En el fondo todos estamos en el mismo plantea (o sistema solar) y nos enfrentamos al mismo final.

Tal vez lo importante no sea ridiculizar al que cree en dioses, sino en comprender porqué lo hacen, porque todos más que menos hemos sentido la tentación de creernos cualquier dulce mentira que suavice la árida verdad. De hecho no dejamos de hacerlo engañandonos a nosotros mismos cuando, por ejemplo, discutimos con alguien. ¿Siempre tenemos la razón? ¿No creen los otros lo mismo? ¿Es posible realmente que todos tengamos la razón al mismo tiempo o alguien se está engañando un poco para sentirse a gusto consigo mismo?

A partir de la comprensión, la empatía, será más fácil convencer o al menos minimizar los efectos negativos de la religión. Evidentemente no es lo mismo alguien que cree en dios como un concepto metafísico de entidad sin forma ni comprensible voluntad que crea el Universo,  a alguien que cree, por ejemplo, alguna de las versiones más extremistas del Islam o el Cristianismo, por ejemplo.

Al final todo reside en explicar que no hace falta tener una religión para hacer lo correcto y que hacer lo correcto tiene más valor si se hace sin esperar algo a cambio. Que lo que diga un libro siempre puede y debe ser cuestionado, que las palabras escritas por cualquier iluminado deben ser cuestionadas y que si la fe constituye no cuestionar, por muy increible, o “demasiado bonito que sea”, estamos cayendo en la peligrosa trampa de ser capaces de hacer cosas que de no actuar como máquinas jamás haríamos.

Hay gente muy inteligente que cree en dioses, que cree en la vida eterna. Es importante llegar a esa inteligencia y ayudar a reflexionar sobre la esencia de porqué creen para mostrarles los siguientes pasos que deberían dar para darse cuenta de que se puede sencillamente vivir sin necesidad de todo eso; aunque sea mucho más duro a veces.

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Mea culpa