Relato corto: IO

Hace varios años escribí un relato corto de ficción que hoy, por pura casualidad, he encontrado entre mis miles de archivos de aquellos tiempos. He decidido ponerlo online sin corregir ni nada. Pido disculpas desde ya por su calidad, pero bueno, quería ponerlo online.

Si os gusta lo podéis descargar desde aquí en PDF.

CEROS Y UNOS

Parte 1ª¡Error! Marcador no definido.

Absurdo, eso es absurdo…
No tiene ningún sentido. Nunca lo ha tenido. Y nunca lo tendrá. Ni siquiera nos importa que no tenga sentido, nosotros no somos los que formulamos las preguntas que habrán de responderse algún día.
Ahora, tan sólo oigo ecos lejanos, voces que parecen llegar de detrás de un muro de hielo que tuviera dos metros de espesor.
La niebla me rodea, y siento frío. Y el dolor es insoportable. ¿Qué dicen las voces?.
Son tan lejanas…
Esto está tan oscuro.
Tan frío…
– Otis…– susurró una voz cercana y cálida a mi oído.
Entonces el sonido invadió mi mente. Más que sonido era un ruido intenso, molesto, estridente que martilleaba mi consciencia y no me dejaba pensar. Intenté abrir los ojos para observar a la mujer que trataba de comunicarse conmigo. No sabía por qué mis párpados se negaban a obedecerme y se mantenían cerrados. Sin embargo yo tenía la urgencia de hablar con esa mujer, quería preguntarle por lo que me ocurría. Yo no recordaba nada y lo único que me mantenía lejos del frío de la inconsciencia era esa cálida y hermosa voz de mujer.
–¡Otis… tienes que intentar hablarme! ¡Tienes que hacerlo, recuerda… el accidente…!– gritó aquella hermosa voz con un tono de pánico que invadió mi maltrecho cuerpo. Y como una sacudida letal, como un torrente de fuego que inundara mis recuerdos, todo volvió en un instante a mí. Ese último instante de mi vida, una vida que había perdido para siempre, ese instante brutal y violento que segó mi existencia en una fracción de segundo.
Un segundo, una brusca frenada, las ruedas bloqueadas, pánico absurdo invadiéndome porque sabía que iba a morir.
Un golpe seco y cortante… el silencio… .Abrir los ojos y observar aquel autobús venirse sobre mi cuerpo, destrozándolo, clavando el armazón de mi moto en mis intestinos… . Gritos, líneas transformadas en dolor… oscuridad absoluta. Dolor…
– ¡Parad el dolor! – grité súbitamente expulsando el aire que mantenía mezclado con sangre en el último trozo de pulmón que aun funcionaba.
Abrí los ojos y para mi horror observé un montón de personas con mascarillas quirúrgicas puestas ocultando sus rostros.
De entre los rostros que se alzaban ocultos sobre mí, vi dos ojos marrones y grandes como focos que me miraban con expresión entre aliviada y llena de temor. Tras unos segundos de ahogo, y tras recibir una mascarilla que suministraba gas neurótico y oxígeno, me di cuenta, con horror, que no sentía mi cuerpo, tan sólo sentía una terrible opresión dolorosa en el tronco. Una opresión que no me dejaba respirar, ni pensar…

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