Recordando días de ira y fuerza

A propósito de esta noticia de Meneame y de ciertas interesantes reflexiones que se han hecho, he recordado aquel día en que los cobardes asesinos etarras asesinaron tras una larga tortura a todo el Pueblo Vasco, a Miguel Ángel Blanco. Aquí mi recuerdo de aquellos días cuando nació el espíritu de Ermua.

Recuerdo bien ese día. Había concentraciones masivas y todos mis amigos nos sumamos a éstas. Vimos desde un bar que la gente se movía apresuradamente hacia la sede de HB, en aquel tiempo en la calle Urbieta confluencia con calle Prim.  Mi colega y yo nos miramos y nos fuimos a toda prisa pues escuchamos a la gente furiosa decir que iban para la sede de HB.

Y hete ahí que estaba yo corriendo por delante de la turba junto con un colega. Todos en dirección al sede de HB en la calle Urbieta de San Sebastián llenos, repletos de furia contra la banda asesina y los que los amparaban. Ibamos miles hacia allí sin saber qué iba a pasar y cuando mi colega y yo nos miramos nos dijimos que la consigna era evitar violencia, proteger a los de HB de la turba en la medida de lo posible, ibamos a ponernos por delante si era necesario.

Cuando llegamos la gente se arremonlinó delante de la puerta del edificio donde estaba HB, algunos miembros de la formación iban a entar en la sede y la gente los reconoció y rodeo, mi colega y yo saltamos adelante para evitar que se les agrediera, pero no había riesgo. La turba les gritó al unísono “aquí estamos, nosotros no matamos” extendiendo las manos abiertas delante de ellos, pero sin tocarles un pelo. La gente de HB “acojonada” se metió en el edificio para refugiarse en sus oficinas.

Delante de la puerta un ertzaina con casco evitaba que la turba entrara. Una mujer de dijo al policía “no necesitas casco, nosotros no somos tus enemigos, no necesitas taparte, no tienes que ocultarte de  nosotros” y el ertzaina se quitó el casco y miró a la multitud. Sólo recuerdo los aplausos y la emoción de sentirnos fuertes por una vez, todos unidos en el dolor y la rabia contra esos malnacidos etarras y sus compinches. Por desgracia, no mucho tiempo después el “espíritu de Ermua” se convirtió, como no podía ser de otra manera, en arma arrojadiza para intereses políticos de distinta índole. Lo que podía haber sido el auténtico comienzo del fin se corrompió.

Muchos años después seguimos igual, un pueblo con cada vez menos miedo, pero igual de torturado por esos mafiosos etarras que dicen “defender” un derecho a expresarse de un pueblo cuya decisión, la de vivir y defenderse por vías pacíficas y democráticas, sin violencia, no quiere respetar.

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