La historia de los dos viajeros en un tren

Hace unos años conocí a un señor hindú que me contó una historia cuya autoría original no conozco, pero que creo vale la pena publicar aquí:

En uno de esos trenes que cruzan grandes extensiones de la India viajaban en un vagón dos hombres que no se conocían de nada. Uno de ellos estaba acompañado de sus dos hijos que no paraban de jugar y alborotar por todo el lugar. El hombre sentado frente al padre de los niños no dejaba de pensar en lo mal que había educado ese padre a sus hijos pues les consentía tanto ruido y juegos que podían molestar, y de hecho ocurría, al otros pasajeros.

Durante unos minutos todo siguió igual ante la creciente incomodidad del hombre que no dejaba de mirar al padre que tenía la mirada perdida en algún lugar distante al otro lado de la ventana del vagón.

Tras un rato el padre pareció que despertaba de algún tipo de ensueño y se dio cuenta del enfado y las inquisitivas miradas del otro viajero. Entonces se dirigió a él y le dijo: “por favor, lamento que mis hijos le estén molestado. Espero que nos sepa disculpar. Venimos de lejos de enterrar a su madre en su ciudad natal. Desde que ella murió esta es la primera vez que he visto a mis hijos volver a reír y jugar. Me siento incapaz de pedirles que dejen de hacerlo.”

La expresión del otro hombre cambió enseguida y pasó del enfado a la profunda comprensión. No había nada que perdonar.  El viajero se quedó mirando alternativamente al padre y a los niños mientras estos seguían jugando y casi sin darse cuenta empezó a sonreir ante las inocentes travesuras de los niños y sus risas.

—–

Con demasiada frecuencia respondemos con agravios a los que nos agravian. A veces hay que escuchar, a veces hay que preguntar. A veces hay que comprender de la misma forma que en muchas ocasiones nosotros queremos que nos comprendan. A veces somos el viajero sentado enfrente del padre, otras veces somos el padre. A veces somos los niños.

La historia de los dos viajeros en un tren

La Pelota Cuadrada Saltarina

por David y Mario Pena

Para una pelota ser cuadrada puede resultar algo tremendamente frustrante. Sin embargo, la Pelota Cuadrada Saltarina tenía muy claro lo que quería ser, y eso a pesar de su extraña forma cuadrada.

El resto de perfectamente esféricas pelotas se reían continuamente de ella. La Pelota Cuadrada Saltarina decidió demostrarles que ella podía ser lo que quisiera, así que un día se fue a trabajar al circo.

Como era cuadrada, un elefante la confundió con un cajón sobre el que subirse. Ante la sorpresa del público el elefante puso su enorme y pesada pata sobre la Pelota Cuadrada Saltarina, que incapaz de soportar el peso, quedó aplanada y totalmente deshinchada.

Las pelotas redondas saltarinas que fueron a ver el espectáculo y el público gritaron de terror. El elefante se asustó y dándose cuenta de lo que había ocurrido, se apartó inmediatamente. La pelota cuadrada saltarina parecía ahora una hoja de papel cuadrado.

Durante un momento todos se temieron lo peor, pero poco a poco la Pelota Cuadrada Saltarina se fue hinchando hasta volver a tener el tamaño normal y se puso a saltar como ninguna otra pelota hubiera hecho antes.

Y así fue que a pesar de tener una forma poco corriente, la Pelota Cuadrada Saltarina fue desde entonces aceptada entre todas las pelotas como una igual. Ya no les importó la forma, y lo que es más importante, demostró que a pesar de las dificultades, si realmente crees en ti mismo, puedes llegar a ser aquello que desees ser, sin importar lo que te digan los demás.

FIN

Derechos de autor (CC by-sa 3.0 ES)
https://www.safecreative.org/work/1206141809611

La Pelota Cuadrada Saltarina

GTIBAA

El problema del GTIBAA era sencillo. Como habreis podido imaginar ya, lo que efectivamente le ocurría al GTIBAA era que no existía. Cuando eres, pero no existes, entonces tienes un problema, y un problema grave además. El GTIBAA estaba ahí, pero no debía existir, algo que impedía su existencia. El GTIBAA no se podía describir porque ¿cómo se podría describir algo que no existe aunque esté ahí? Tampoco se sabía usar porque ¿cómo se podría usar algo que no existe…?

Esta situación, no tan inusual como pudiera parecer en un principio, no debería haber trascendido, pero sin embargo lo hizo. Normalmente las cosas que no existen, pues eso, se limitan a no existir. Pero la cuestión era que el GTIBAA tenía personalidad propia, y por lo tanto se sentía muy molesto e indignado por su condición de no existencia.

El indignado GTIBAA se desplazó por las calles  sin bien no diré si caminaba o qué, porque no existía…. Claro que nadie le miraba, ni siquiera se tropezaban con él, como no existía era algo bastante normal. La indignación del cada vez más furibundo GTIBAA fue en aumento. Incluso intentó estorbar, pero al no existir, a nadie estorbó.

Y el GTIBAA emitió sonido, no diré si hablaba o si ululaba o qué, porque al no existir, tampoco podía existir su sonido. Así que claro, nadie parecía escucharle. “¿Porqué? ¿Tan terrible era eso de no existir?” Reflexionó para si mismo el pobre GTIBAA.

Así fue que se le ocurrió ir a la oficina de patentes. Claro que resultaba muy inusual que el sujeto de la patente, como se hizo denominar el GTIBAA, fuese a la oficina para que le patentasen sin su inventor, ideador, creador o lo que fuere… Así que aunque se trataba de una buena argucia, el truco no funcionó y el oficinista no le hizo ni el menor caso.

Fue entonces cuando el GTIBAA se lanzó a la estrategia política. Pegó carteles con su foto reclamando el reconocimiento de su existencia. Repartió octavillas que nadie entendió, ni qué eran ni porqué las tenían en la mano y lanzó calurosos mítines, pero la gente no le escuchó y no porque no les pareciera un tema apasionante, sino porque el GTIBAA no podía existir.

Así pasó el tiempo y ya la lluvia arrancó poco a poco sus carteles, y las octavillas fueron arrastradas calle bajo para desparecer poco a poco por los desagues de la ciudad.
El GTIBAA estaba deprimido, desconsolado… triste. Incluso él mismo empezaba a dudar de su propia existencia.
– ¿Quieres jugar? – Le preguntó un niño al ver al pobre GTIBAA tan triste y solo. El GTIBAA no podía creerlo. ¡Le habían visto! ¡Existía antes los ojos de otros!
Así fue que el niño, el que no entiende de matices de colores, de realidad y sueños, de verdades y mentiras, vió al GTIBAA, que aunque no debía haber existido nunca, existía y eso era irrefutable. Fueron los ojos infantiles y sin velos, lo que vieron y demostraron su realidad. Y pronto todos vieron al GTIBAA y a todos los GTIBAAs del mundo.

Así fue como el GTIBAA dejó de no existir.

Mario A. Pena 23-5-93 (correcciones el 31 de Enero de 2009)


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Compra la versión en PDF descargable por 2 euros que se donarán a GSON:

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GTIBAA

Relato corto: IO

Hace varios años escribí un relato corto de ficción que hoy, por pura casualidad, he encontrado entre mis miles de archivos de aquellos tiempos. He decidido ponerlo online sin corregir ni nada. Pido disculpas desde ya por su calidad, pero bueno, quería ponerlo online.

Si os gusta lo podéis descargar desde aquí en PDF.

CEROS Y UNOS

Parte 1ª¡Error! Marcador no definido.

Absurdo, eso es absurdo…
No tiene ningún sentido. Nunca lo ha tenido. Y nunca lo tendrá. Ni siquiera nos importa que no tenga sentido, nosotros no somos los que formulamos las preguntas que habrán de responderse algún día.
Ahora, tan sólo oigo ecos lejanos, voces que parecen llegar de detrás de un muro de hielo que tuviera dos metros de espesor.
La niebla me rodea, y siento frío. Y el dolor es insoportable. ¿Qué dicen las voces?.
Son tan lejanas…
Esto está tan oscuro.
Tan frío…
– Otis…– susurró una voz cercana y cálida a mi oído.
Entonces el sonido invadió mi mente. Más que sonido era un ruido intenso, molesto, estridente que martilleaba mi consciencia y no me dejaba pensar. Intenté abrir los ojos para observar a la mujer que trataba de comunicarse conmigo. No sabía por qué mis párpados se negaban a obedecerme y se mantenían cerrados. Sin embargo yo tenía la urgencia de hablar con esa mujer, quería preguntarle por lo que me ocurría. Yo no recordaba nada y lo único que me mantenía lejos del frío de la inconsciencia era esa cálida y hermosa voz de mujer.
–¡Otis… tienes que intentar hablarme! ¡Tienes que hacerlo, recuerda… el accidente…!– gritó aquella hermosa voz con un tono de pánico que invadió mi maltrecho cuerpo. Y como una sacudida letal, como un torrente de fuego que inundara mis recuerdos, todo volvió en un instante a mí. Ese último instante de mi vida, una vida que había perdido para siempre, ese instante brutal y violento que segó mi existencia en una fracción de segundo.
Un segundo, una brusca frenada, las ruedas bloqueadas, pánico absurdo invadiéndome porque sabía que iba a morir.
Un golpe seco y cortante… el silencio… .Abrir los ojos y observar aquel autobús venirse sobre mi cuerpo, destrozándolo, clavando el armazón de mi moto en mis intestinos… . Gritos, líneas transformadas en dolor… oscuridad absoluta. Dolor…
– ¡Parad el dolor! – grité súbitamente expulsando el aire que mantenía mezclado con sangre en el último trozo de pulmón que aun funcionaba.
Abrí los ojos y para mi horror observé un montón de personas con mascarillas quirúrgicas puestas ocultando sus rostros.
De entre los rostros que se alzaban ocultos sobre mí, vi dos ojos marrones y grandes como focos que me miraban con expresión entre aliviada y llena de temor. Tras unos segundos de ahogo, y tras recibir una mascarilla que suministraba gas neurótico y oxígeno, me di cuenta, con horror, que no sentía mi cuerpo, tan sólo sentía una terrible opresión dolorosa en el tronco. Una opresión que no me dejaba respirar, ni pensar…

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Relato corto: IO