GTIBAA

El problema del GTIBAA era sencillo. Como habreis podido imaginar ya, lo que efectivamente le ocurría al GTIBAA era que no existía. Cuando eres, pero no existes, entonces tienes un problema, y un problema grave además. El GTIBAA estaba ahí, pero no debía existir, algo que impedía su existencia. El GTIBAA no se podía describir porque ¿cómo se podría describir algo que no existe aunque esté ahí? Tampoco se sabía usar porque ¿cómo se podría usar algo que no existe…?

Esta situación, no tan inusual como pudiera parecer en un principio, no debería haber trascendido, pero sin embargo lo hizo. Normalmente las cosas que no existen, pues eso, se limitan a no existir. Pero la cuestión era que el GTIBAA tenía personalidad propia, y por lo tanto se sentía muy molesto e indignado por su condición de no existencia.

El indignado GTIBAA se desplazó por las calles  sin bien no diré si caminaba o qué, porque no existía…. Claro que nadie le miraba, ni siquiera se tropezaban con él, como no existía era algo bastante normal. La indignación del cada vez más furibundo GTIBAA fue en aumento. Incluso intentó estorbar, pero al no existir, a nadie estorbó.

Y el GTIBAA emitió sonido, no diré si hablaba o si ululaba o qué, porque al no existir, tampoco podía existir su sonido. Así que claro, nadie parecía escucharle. “¿Porqué? ¿Tan terrible era eso de no existir?” Reflexionó para si mismo el pobre GTIBAA.

Así fue que se le ocurrió ir a la oficina de patentes. Claro que resultaba muy inusual que el sujeto de la patente, como se hizo denominar el GTIBAA, fuese a la oficina para que le patentasen sin su inventor, ideador, creador o lo que fuere… Así que aunque se trataba de una buena argucia, el truco no funcionó y el oficinista no le hizo ni el menor caso.

Fue entonces cuando el GTIBAA se lanzó a la estrategia política. Pegó carteles con su foto reclamando el reconocimiento de su existencia. Repartió octavillas que nadie entendió, ni qué eran ni porqué las tenían en la mano y lanzó calurosos mítines, pero la gente no le escuchó y no porque no les pareciera un tema apasionante, sino porque el GTIBAA no podía existir.

Así pasó el tiempo y ya la lluvia arrancó poco a poco sus carteles, y las octavillas fueron arrastradas calle bajo para desparecer poco a poco por los desagues de la ciudad.
El GTIBAA estaba deprimido, desconsolado… triste. Incluso él mismo empezaba a dudar de su propia existencia.
– ¿Quieres jugar? – Le preguntó un niño al ver al pobre GTIBAA tan triste y solo. El GTIBAA no podía creerlo. ¡Le habían visto! ¡Existía antes los ojos de otros!
Así fue que el niño, el que no entiende de matices de colores, de realidad y sueños, de verdades y mentiras, vió al GTIBAA, que aunque no debía haber existido nunca, existía y eso era irrefutable. Fueron los ojos infantiles y sin velos, lo que vieron y demostraron su realidad. Y pronto todos vieron al GTIBAA y a todos los GTIBAAs del mundo.

Así fue como el GTIBAA dejó de no existir.

Mario A. Pena 23-5-93 (correcciones el 31 de Enero de 2009)


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