Lo que hace que hagamos

Normalmente, como seres humanos, tendemos a intentar simplificar las motivaciones de otros para sus acciones. Lo cierto es que raramente lo que uno hace obedece a un único factor. Casi todo es siempre mucho más complejo. Lo peor es que al albur de nuestros prejuicios con frecuencia tendemos a descartar algunos importantes factores aunque sólo sea porque muchas de nuestras acciones, incluso las positivas, están igualmente guiadas por éstos.

Esto es relevante en el contexto de acciones que consideramos negativas o malvadas. Con demasiada frecuencia aquello que no podemos, o queremos, explicarnos lo simplificamos erradicando, si no toda, parte de la humanidad de esas personas que realizan tales acciones.

Esto es especialmente relevante en actos con base religiosa, donde la política, control social, irracionalidad, manipulación, costumbres e incluso perturbaciones mentales se entremezclan.

Si no tenemos en cuenta la mayor cantidad posible de factores que llevan a alguien comportarse de una manera determinada es difícil, cuando no imposible, combatir ese comportamiento que nos escandaliza y trastorna.

Es tentador achacar a la maldad inherente del ser humano esos actos, como si eliminando a la persona se eliminara la idea que lo llevó a cometer atrocidades. Sólo analizando esta pluralidad de factores, aceptando la corresponsabilidad de ideas vertidas por otros seres humanos en forma de creencias ciegas religiosas, ideas políticas envenenadas y otros sistemas de control resistentes al escrutinio crítico, podemos llegar a comprender qué caminos, con frecuencia dramáticos, tendremos que emprender.

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Lo que hace que hagamos

Cuando decimos que algo no existe

Muchas veces, en ciencia, cuando decimos que algo no existe no estamos realmente diciendo que algo no exista; sino que no creemos que eso concreto exista. Demostrar la no existencia de algo es posiblemente una solicitud perversa. No podemos demostrar lo que no existe porque no podemos abarcar todo el universo y el tiempo, ni todas las posibilidades, presentes o pasadas.

En realidad no podemos decir que las hadas, Thor o Alá no existen. Podemos estar bastante seguros de que no lo hacen, pero no podemos, categóricamente, decir que no. No está en nuestra mano tener que demostrar la no existencia, pero sí de lo que lo afirman hacerlo.

Nadie tendría que vivir su vida basándose en afirmaciones de personas que en realidad no saben más que cualquier otro de esas cuestiones y en todo caso es lícito exigir pruebas y evidencias tan extraordinarias e incontrovertibles como extraordinarias las afirmaciones.

Cuando decimos que algo no existe