Mercenarios

El mundo vive una revolución comparable a la industrial del sigo XIX. En esta revolución, lo digital cobrará cada día más peso con respecto a cómo deben de desarrollarse los modelos de negocios viables. En este nuevo panorama, que no gusta a muchos, cobra un especial interés que analicemos uno de los tipos de personajes que más pueden influir en el éxito o derrota de estos modelos que a duras penas intentan abrirse camino en un mundo de tiburones de codicia. Estos no son otros que los “mercenarios”.

Pedro Farré, abogado de la SGaEEn el fondo, atendiendo a la definición más amplia del concepto de “mercenario” por el simple hecho de ser retribuidos por realizar un trabajo, todos lo somos un poco, pero intentando buscar un significado más ilustrativo, los mercenarios serían algo como aquellos que hacen lo que sea por dinero, incluso aunque toque tragar saliva al hacerlo. En otras palabras, “no me creo ni en broma lo que digo, pero lo digo porque me pagan y para que sigan haciéndolo”. Porque no hablamos de mercenarios militares en este artículo, sino de los mercenarios de la palabra que tanto daño pueden llegar a hacer también.

César Antonio Molina, ministro de Siendo sinceros ¿cuántos de nosotros nos ha tocado en una u otra ocasión defender algo indefendible al intentar “vender” algo en nuestro trabajo en lo que no creemos realmente? Es duro, pero muchas veces hay que hacerlo porque, en definitiva, hay que comer. Esto suele causar a muchas personas serios problemas de stress y ansiedad, que desemboca en frustración, bajo rendimiento, depresiones y abandonos de los trabajos. Porque por la miseria que suponen ciertos sueldos realmente no vale la pena venderse.

Pero ¿qué ocurre si te pagan mucho? En el caso de los “mercenarios” del radicalismo del copyright restrictivo los sueldos son enormes y abultados. Es normal, es una industria que recauda mucho dinero a pesar de lo que amargamente se queja. Mucho del dinero que recauda es gracias a la actividad puramente mercenaria, y al lobby de presión que ejercen sobre otro tipo de mercenarios en forma de “algunos políticos”.

Cuando hay mucho dinero de por medio las cosas cambian rápidamente. La ansiedad es fácilmente reprimible gracias al incentivo económico que gente con poco o ningún escrúpulo, prefiere tener dinero a cierto grado de honorabilidad.

El honor o la decencia, cuando a uno le pagan mucho pasa a un segundo plano. Porque la pregunta es ¿tenemos todos un precio? Siempre me gusta pensar que hay gente incorruptible, y seguramente existirán esas personas, pero sin duda son las menos. La mayoría de nosotros acabaríamos vendiéndonos (soy realista, como podéis ver) y convirtiéndonos en mercenarios que lucharían por lo que sea siempre que se pague lo suficiente, importandonos poco, al final, si es coherente o no con nuestros principios.

Es no significa que el “mercenario” al que le pagan mucho realmente crea aquello que defiende. Le pagan por hacerlo y lo hace de la mejor manera que sabe y algunos son muy buenos en su trabajo. Sin duda, merecen el precio que se pague por ellos. Si no fueran tan buenos, pues sencillamente serían sustituidos por otros. Lo que es bastante seguro es que la defensa a ultranza de cosas indefendibles acabará reportando a estos mercenarios, y de manera más o menos consciente, ciertos problemas de ansiedad que se agravarán con el paso de los años. Porque venderse al “lado oscuro” siempre tiene sus consecuencias.

Un mercenario puede “auto engañarse” pero el auto engaño tiene límites.

Cuando Pedro Farré de la SGaE (E de Editores) pide que la entidad sin ánimo de lucro que le paga, tenga potestad para cerrar webs, vulnerando no sabemos ni cuántas garantías constitucionales y demostrando poco respeto por el poder judicial, estamos bastante seguros de que ni él se cree en posesión de la razón. Cuando los políticos pretenden dar más y más poder recaudatorio a unas entidades privada a sabiendas de que va directamente contra los intereses de la sociedad que les ha elegido, piensan más en los réditos electorales que una banda organizada de auto denominados artistas de cara a las elecciones puede reportarles (ergo dinero para cuatro años más) que en que estas medidas tengan alguna razón de ser. En definitiva, unos son mercenarios que hacen su trabajo de manera impecable y otros son mercenarios que han olvidado a qué o quiénes deberían servir y eligen otros amos.

Pero el problema es que el sistema de “mercenarios” tiene al menos dos graves inconvenientes. Uno es que mientras exista dinero funciona, pero cuando deja de existir y se deja de pagar, o el mercenario ya se ha quemado, cosa que ocurre con frecuencia, la gente habla. Cuando la verdad sale a la luz ruedan cabezas. Este sistema, para que funcione, tiene que pagar, mucho y bien. Y la codicia de aquel al que le pagan, puede no tener límite y bajo la amenaza de “decir la verdad” poner condiciones que pongan en jaque a las organizaciones más poderosas. De hecho esta ha sido la razón de la caída de organizaciones de triste recuerdo muy similares en forma de comportamiento a ciertas entidades de gestión.

David Bravo por Pixel y Dixel (cc) by-nd-ncPero el segundo y mayor problema al que se enfrenta un sistema de “mercenariado” (¿se puede decir así?) es el contrincante. En el caso del copyright extremista de connotaciones religiosas (por lo del dogma de creer en la propiedad intelectual porque sí y cosas similares), existe una gran cantidad de gente que lucha de forma opuesta… pero sin cobrar un céntimo por esta lucha, algunos incluso perdiendo dinero.

La gente que lucha sin auténtico ánimo de lucro porque cree en algo y no se vende es poderosa, es mucho más poderosa de lo que se cree, incluso más que la más poderosa de la organizaciones del lobby. Será cosa de la convicción que no mancha el vil metal, será cosa del poder de la integridad y el sacrificio. Ese poder es enorme y todos los que luchan en Internet contra el abuso del lobby del copyright son dignos rivales de otros que lo hacen mitad por auto engaño y mitad por abultadas nóminas. Un sistema es estable, fuerte, barato, creciente y el otro es caduco, volátil, inestable, condenado al fracaso final.

En esta “guerra” que no debería ser tal, hablamos de una especie de “carrera de fondo” y el sistema de mercenarios deja demasiados cabos sin atar, es caro y consume unos recursos siempre crecientes. Llegará un punto que su mantenimiento será sencillamente insostenible, pero al contrario, los defensores de la no criminalización de los usuarios de Internet cada día son más y más fuertes, mejor organizados y conscientes de no ver el final de la lucha que se desarrollará por alguna generación más de activistas.

Dejarán estos luchadores el testigo y sus conocimientos libres de restricciones a nuevas generaciones que serán las encargadas de dar el carpetazo final al extremismo codicioso de una industria moribunda y rabiosa. La falta de dinero en esta lucha es la columna vertebral de un movimiento que no puede flaquear jamás.

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