El otro día participé en una mesa redonda con entre otros Javier de la Cueva, y recuerdo que comentó citando a un reputado economista que sólo el 2% de las obras que se crean superan los 24 meses de comercialización efectiva. De esta manera el otro 98% son obras con una vida inferior quedando sólo una pequeña cantidad de obras que se convierte de facto en auténtica cultura. Puso el ejemplo de Blade Runner como obra que perdura y perdurará, sin embargo los ejemplos de obras que se circunscriben al puro entretenimiento son muchísimos más, pero sencillamente no son recordadas.
Esto abre varias reflexiones. Una es que de se podría decir que cada otra tiene un porcentaje de cultura y un porcentaje de entretenimiento. La mayor parte sería 98% entretenimiento y 2% cultura y una parte muy pequeña sería 98% cultura y 2% entretenimiento.
Aparte de que el empecinamiento de escusarse en la supuesta protección de la cultura para proteger de hecho la lucrativa industria del entretenimiento bajo el obsoleto modelo de negocio analógico, observamos que existe un fondo de catálogo que no produce ingresos más a allá de los dos años. Además se limita e impide la difusión de las obras que realmente representan una ventaja para la sociedad, las creación cultural.
Con el modelo restrictivo del copyright impedimos que la auténtica cultura llegue a los ciudadanos propiciando que sólo reciban entretenimiento puro y duro.
Sin embargo las ventajas de que la sociedad, y en especial los jóvenes, puedan acceder a todo tipo de contenidos sería inmensas. Si los jóvenes además de los clásicos triunfitos y otras fórmulas de éxito rápido y poca sustancia conocieran a John Lennon o Bob Dylan (por poner un par de ejemplos pero hay más) en igual medida, lograríamos personas con más probabilidades de crítica, reflexión y conocimientos. Porque hay que tener en cuenta que la cultura acumulada año tras año (ese pequeño 2%) representa tras muchas décadas de suma y sigue una cantidad de contenidos superior a la producción bianual de simple entretenimiento.
Necesitamos que la sociedad acceda de forma libre a la cultura auténtica y a modo de autocrítica diré que no somos nosotros quienes para impedir que consuman también el puro entretenimiento vacío de compromiso social. Es decir, no sirve de nada exigir a la sociedad que lea a Unamuno o Shakespeare en vez de los típicos best-sellers, porque la gente se revela a la imposición por muy buena intención que esta tenga. Hemos de esforzarnos en luchar porque sean los usuarios los que conozcan todas las opciones ya que con el tiempo sabrán a buen seguro elegir, una vez tengan criterio y se formen, qué contenidos tiene calidad y son cultura y cuales no.
