El Capitán Más Joven

Nuestros recuerdos nos traicionan con el tiempo, así que disculpen si mi memoria no es lo suficientemente precisa en alguna parte de esta historia.

Yo estudié en el Colegio Alemán y en la época de mi niñez y adolescencia teníamos como director del centro a un hombre alto, de unos dos metros, pelo blanco que antes seguro fue rubio, anchas espaldas y marcado rostro germánico. Con el tiempo nos enteramos que aquel hombre de extrema educación, que jamás levantaba la voz, claros ojos azules con una profundidad extraña fue, en su tiempo, el capitán más joven del ejército nazi en la segunda guerra mundial.

De hecho era sordo de un oído, creo recordar que el izquierdo, pues fue herido por un obús en el campo de batalla.

En todos los sentidos era una persona impresionante. Siempre impecable, pulcro diría, marcial, con traje de chaqueta y corbata de tonos claros. Pero había algo insondable en su mirada.

El caso es que, a veces, ocurría que algún alumno hacía la gracieta de dibujar una esvástica en su cuaderno o un papel, por eso de la broma de “alemania, nazis” y demás. Cuando un profesor, sobre todo alemán, lo descubría, ocurría casi siempre lo mismo, lo llevaban al despacho del director.

Realmente nunca supimos a ciencia cierta qué pasaba en el despacho porque cuando salían esos alumnos graciosetes, lo hacían en silencio y pálidos. No se escuchaban gritos, tan sólo la calmada conversación irreconocible del director con su moderada y grave voz tras la puerta de su despacho. Pero esos alumnos ya jamás volvían a dibujar una esvástica para hacer “la gracia”. No contaban lo que el director les había relatado con su pausada y calmada voz.

Todo lo que pudimos sacar a alguno de esos compañeros que habían escuchado la charla del director es que les contaba cosas sobre la guerra y el nazismo. Algo que vivió el director en primera persona, tal vez algo que él mismo hizo.

Nuestro director estuvo en la guerra. Fue un soldado de Hitler. Fue herido en batalla. Y no sabemos qué más pasó por su mente o en su vida. Sólo podíamos deducir que fue algo en extremo horripilante. Eso le llevó a ser la persona que acabó siendo: pacifista convencido y una de las personas que más aborrecía el nazismo que tuvimos el privilegio de conocer.

En otra ocasión nos puso una película hecha por alemanes, a los pocos años de fin de la guerra, que mostraba, descarnadamente y desde la perspectiva del bando “perdedor”, cómo fueron los últimos días de la defensa de Berlín por parte de las juventudes nazis. Chavales de apenas nuestra edad que, con lanzacohetes de mano, pelearon hasta la muerte contra los tanques soviéticos. Aquella película, de guerra, mostraba los mecanismos que los nazis usaban para captar combatientes y el sinsentido de la guerra.

No olvidaré nunca aquel director, ni la película, ni sus profundos tristes ojos azules. Sólo imagino el horror que vivió y sólo eso que me imagino me hace aborrecer aún más, si cabe, a cualquiera que defienda los principios nazis y fascistas.

Como decía Wendell Phillips, el precio de la libertad es estar siempre alerta. Contra el surgimiento del nazimos, hemos de estar todos los demás opiniéndonos. O volveremos a ver crecer el odio que lleva a la muerte.

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