El peligro de los ultrarricos amantes del totalitarismo

El mundo ha cambiado. Durante varias décadas, tras experimentar el horror al que el fascismo siempre lleva, creímos que nos habíamos librado del mal y peligro absoluto que representa. Creamos una sensación de superioridad moral atribuyéndonos derechos humanos que no son sino, como bien decía George Carlin, privilegios que unos cuantos ultrarricos y poderosos supremacistas consienten siempre que convenga a sus intereses.

Los «derechos humanos» no existen. Nunca han existido como tales. Solo nos han dado algunos privilegios temporales en el tiempo. Y ahora nos los van quitando poco a poco, mientras unos cuantos lo aplauden o ven con buenos ojos. Esos creen que solo les va a pasar a «otros», gracias a que ciertos medios de comunicación y líderes, no los consideran lo suficientemente inteligentes como para darse cuenta del engaño, o que ellos hace tiempo que también están en la diana.

También pasa lo mismo con la legalidad internacional. Esta legalidad, o ilusión de legalidad, ahora ha sido completamente eliminada por los representantes de los fascismos de los ultrarricos supremacistas; aquellos tan rancios aspirantes a tirano con un, en muchos casos, enorme complejo de inferioridad.

Al destruir, de facto, la «legalidad internacional», vulnerar las propias Constituciones, acabar incluso con la ilusión de los derechos humanos, cualquier devenir es posible. Y normalmente, con fascismos, lo que acontece es guerra, opresión, autoritarismo, muerte, genocidio (varios en curso) y destrucción sistemática de la civilización y lo poco que queda de democracia y decencia.

El peligro de los ultrarricos está ahí. Es hora de que todos seamos conscientes de esto. Es hora de, desde los principios humanistas, las gentes de los distintos pueblos nos unamos para enfrentarnos al autoritarismo y resistir ante el fascismo. Es hora de señalar que son estos seres con inmensas riquezas, los que siembran la duda y manipulación para que, los de abajo, nos peleemos entre nosotros. Mientras, ellos extraen y acumulan riqueza, nosotros vemos reducida las nuestra. Esa acumulación, esa diferencia, ese abismo entre los ultrarricos, se usa para sembrar la semilla del odio, el abuso, la mentira y, en definitiva, el autoritarismo ante los demás.

Las reglas no son para ellos y no quieren que interioricemos que ellos son el auténtico enemigo. Esos gigantescos magnates controlan el discurso, muchos medios y gobiernos enteros. Ellos nunca van a la guerra, nunca sus hijos son asesinados o tienen que asesinar a sangre fría a otros iguales. Eso es lo que nos ordenan que hagamos nosotros mientras se regocijan con el incremento de sus fortunas, riéndose de nosotros en sus despachos de diseño exclusivo, siempre alejados de cualquier bomba.

Pero todo esto, en realidad, ya lo sabemos, aunque todavía muchos prefieran ignorarlo. El enemigo no somos nosotros, ni otros en peor situación que nosotros. Esas situaciones son el síntoma de la enfermedad que los ultrarricos amantes del fascismo y totalitarismo representan. Élites extractivas, mentirosas y manipuladoras, utilizando a gente que les siguen el juego; aquellos que apoyan líderes y partidos políticos que no son capaces de condenar la violación de la legalidad internacional, la constitución, el asesinato de ciudadanos, el genocidio o los crímenes de guerra, sin comprender que se convierten, por lo tanto, en algo incluso peor que los que ejecutan esos crímenes.

Ya que sabemos quién es el auténtico enemigo, actuemos en consecuencia. Cada pequeño acto cuenta. Cada pequeño mensaje de denuncia o aviso es un grano más que se acumula. Cada mirada, silencio enfocado y desprecio hacia los creadores del mal, es un paso vital en la dirección correcta. Cada acto de rebeldía, por pequeño que sea, es una espina más clavada en la piel de la élite criminal. Cada acto de amabilidad y empatía entre pueblos, nos hace más fuertes y a ellos más débiles. No subestimemos el valor de luchar por las causas perdidas.

El poder lo tenemos nosotros porque, simplemente, y por ahora, somos más. Todavía tenemos tiempo de frenar esta locura. O lo hacemos ahora o tal vez más adelante no exista nada que se pueda reconstruir.

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