Las consecuencas de echar a los refugiados

El mensaje que se envía cuando desde la Unión Europea se rechaza a los refugiados de la guerra de Siria es más poderoso de lo que pensamos, y sirve, lo queramos o no, a fines que empeorarán la ya de por si horrible situación de guerra y terrorismo que sufren millones de personas y que nosotros contemplamos desde nuestra ilusoria burbuja de protección.

Uno de los mensajes que más profundo calan del discurso fanático de ISIS es, precisamente, que occidente desprecia a casi todos los musulmanes por igual, independientemente de si son musulmanes en general, islamistas o yihadistas, por lo tanto es mejor unirse a ellos para acabar con occidente. Es este el mensaje, que rechazando a todos los refugiados sirios, estamos potenciando, independientemente de si es o no la auténtica intención real o declarada.

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por Moni, para Fotomovimento CC by-nc-nd

Como sociedad debemos comprender que no existe equivalencia necesaria entre los términos musulmán, islamista y yihadista

El rechazo en general a cualquiera que sea musulmán sólo alimenta la retórica por la cual, ante la ausencia de opción mejor, personas perfectamente normales y que se toman su religión con relativa menor importancia, acaben siendo vulnerables a la dialéctica radical de grupos como ISIS. Con el tiempo cualquier argumento de occidente acaba teniendo la consistencia moral de palabras que se lleva el viento.

¿Significa esto que debemos aceptar a cualquiera sin control alguno? No, esta opción es también indeseable y profundamente peligrosa. Dejar pasar a yihadistas es absolutamente peligroso, y tan peligroso como asumir que los yihadistas no son capaces de infiltrarse en peligrosas pateras en su obsesión por atacar occidente a costa de sus propias vidas. Es necesario crear herramientas y sistemas que permitan detectar a la mayor parte de éstos, asumiendo que un sistema tal es imperfecto y, en consecuencia, alguno podrá pasar los filtros. No implementar filtros y recursos es, en cualquier caso, un error que debemos evitar. Que esos filtros no sean perfectos es motivación suficiente para ponerlos a prueba y perfeccionarlos cuanto antes ante una insurgencia yihadista global y lo que ésta representará durante las próximas décadas en cuando a muerte, sufrimiento y destrucción por todo el planeta. Además estos filtros y experiencia real de “campo” ayudará a identificar aquellos yihadistas que no sólo no vienen de otros países, sino que son nativos de occidente e incluso son de ascendencia occidental desde hace ya generaciones.

Una clave, por lo tanto, puede ser aprender a tolerar a las personas y someter todas las ideas, incluso las nuestras, a un profundo y crítico escrutinio

Porque parte del problema es confundir yihadistas e islamistas, que tratan de imponer sus ideas los primeros por la fuerza y los segundos políticamente, con todos los musulmanes en general y en última instancia con el Islam que es, una religión, no un colectivo étnico concreto por más que esté más concentrado en unas regiones del globo. Tampoco debemos confundir la crítica a la religión del Islam, u otras religiones, con la crítica a las personas por profesarlas, o el rechazo a los islamistas y yihadistas. Comprender estos matices, darse cuenta de las implicaciones que tienen, es la única forma posible de tratar de iniciar unos protocolos que permitan, precisamente, ayudar a todos los que huyen de la violencia de los radicales del Islam, y de la violencia en general. Una clave, por lo tanto, puede ser aprender a tolerar a las personas y someter todas las ideas, incluso las nuestras, a un profundo y crítico escrutinio.

No podemos dejar de lado cómo los motivos religiosos se mezclan con objetivos políticos de tal compleja forma que no es posible hablar de unos sin tener en cuenta los otros. La cerrazón a cualquiera que profese una religión por el hecho de profesarla, no considerando la medida o intención, sólo alimenta al monstruo al que pretendemos derrotar y más cuando no sabemos cómo derrotarle, si acaso cómo combatirle en algunos aspectos; no en todos.

Una de las principales armas que tenemos es, precisamente, la tolerancia religiosa, y la otra la libertad de expresión para criticar cualquier religión como idea. Ambas nociones, aunque parezcan contradictorias de hecho no lo son. La una no sirve sin la otra. Y a la hora de criticar a las personas por sus ideas, actos e intenciones, no debemos olvidar el peligro de la generalización. No podemos poner en el mismo lado el islamista que condena y encarcela al, según su interpretación, hereje, con el yihadista que lo mata, con ciertos grupos de musulmanes que sufren esa opresión en un país teocrático; por no hablar de mujeres, homosexuales, etc. que a menudo son objeto de abusos y torturas por el hecho de haber nacido en un país teocrático y sin embargo, sí, muchos también son musulmanes. Dicho esto, capítulo a parte merecería considerar a personas que son ateas, agnósticas o profesan otras religiones, o piensan de cualquier otro modo, no beligerante, pero distinto de la interpretación concreta de turno.

Ninguna de estas cuestiones puede sernos completamente ajenas ni pueden ser ignoradas por occidente como si no fueran con nosotros, como si fueran cosas que no ocurren en nuestros territorios de influencia

Mirar el problema como una compleja maraña de creencias religiosas, políticas, nacionalistas, filosóficas, sociales y económicas debe ser suficiente para comprender que una pretendida solución simple no puede arreglar nada en el medio o largo plazo. Si acaso agravar la situación futura aún más. Ninguna de estas cuestiones puede sernos completamente ajenas ni pueden ser ignoradas por occidente como si no fueran con nosotros, como si fueran cosas que no ocurren en nuestros territorios de influencia. Si en algo debemos destacar es hacer valer los valores que desde la ilustración y la tradición humanista hemos ido fomentando para desarrollar herramientas que nos permiten reducir el sufrimiento de la mayor cantidad de gente por la mayor cantidad de tiempo posible al tiempo que se permite a cada individuo tratar de explotar su todo su potencial según su preferencia y como único límite el de las libertades de los demás. Estas herramientas son las que los fanáticos más aborrecen. No usarlas hace que las perdamos definitivamente para desgracia de la humanidad en su totalidad, pero usarlas nos dan, al menos, una oportunidad de luchar contra la barbarie y sí, la sinrazón.

Las consecuencas de echar a los refugiados

Freedom of Speech

by Christopher Hitchens:

I am sure that all British journalists will agree with the statement issued by Jodie Ginsberg, chief executive of Index on Censorship, following the murderous attack on the staff of the French magazine Charlie Hebdo:

“The ability to express ourselves freely is fundamental to a free society. This includes the freedom to publish, to satirise, to joke, to criticise, even when that might cause offence to others. Those who wish to silence free speech must never be allowed to prevail”.

Similarly, we can all agree with Michelle Stanistreet, general secretary of the National Union of Journalists, who described the attack as “an attempt to assassinate the free press”. She added:

“Supporters of free speech and civil liberties must stand together with governments to condemn this act and defend the right of all journalists to do their job without fear of threats, intimidation and brutal murder”.

Doubtless, there will be people who think the magazine was overly provocative in publishing cartoons of Islam’s prophet Mohammed. If so, they should think again.

Let them ponder this key clause in the United Nations’ universal declaration of human rights:

“Everyone has the right to freedom of opinion and expression; this right includes freedom to hold opinions without interference, and impart information and ideas through any media regardless of frontiers”

Press freedom and the freedom of speech allow for newspapers and individual citizens to express views that are offensive. Britain, in company with countries across Europe and the continents of America and Australia, long ago repealed – or never enacted – laws condemning heretics (and blasphemers) to death.

Although we know that Voltaire never did write the words ascribed to him about the right to speak freely, they are, or should be, our maxim:

“I disapprove of what you say, but I will defend to the death your right to say it”.

Freedom of Speech

Lo que hace que hagamos

Normalmente, como seres humanos, tendemos a intentar simplificar las motivaciones de otros para sus acciones. Lo cierto es que raramente lo que uno hace obedece a un único factor. Casi todo es siempre mucho más complejo. Lo peor es que al albur de nuestros prejuicios con frecuencia tendemos a descartar algunos importantes factores aunque sólo sea porque muchas de nuestras acciones, incluso las positivas, están igualmente guiadas por éstos.

Esto es relevante en el contexto de acciones que consideramos negativas o malvadas. Con demasiada frecuencia aquello que no podemos, o queremos, explicarnos lo simplificamos erradicando, si no toda, parte de la humanidad de esas personas que realizan tales acciones.

Esto es especialmente relevante en actos con base religiosa, donde la política, control social, irracionalidad, manipulación, costumbres e incluso perturbaciones mentales se entremezclan.

Si no tenemos en cuenta la mayor cantidad posible de factores que llevan a alguien comportarse de una manera determinada es difícil, cuando no imposible, combatir ese comportamiento que nos escandaliza y trastorna.

Es tentador achacar a la maldad inherente del ser humano esos actos, como si eliminando a la persona se eliminara la idea que lo llevó a cometer atrocidades. Sólo analizando esta pluralidad de factores, aceptando la corresponsabilidad de ideas vertidas por otros seres humanos en forma de creencias ciegas religiosas, ideas políticas envenenadas y otros sistemas de control resistentes al escrutinio crítico, podemos llegar a comprender qué caminos, con frecuencia dramáticos, tendremos que emprender.

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Lo que hace que hagamos

Cuando decimos que algo no existe

Muchas veces, en ciencia, cuando decimos que algo no existe no estamos realmente diciendo que algo no exista; sino que no creemos que eso concreto exista. Demostrar la no existencia de algo es posiblemente una solicitud perversa. No podemos demostrar lo que no existe porque no podemos abarcar todo el universo y el tiempo, ni todas las posibilidades, presentes o pasadas.

En realidad no podemos decir que las hadas, Thor o Alá no existen. Podemos estar bastante seguros de que no lo hacen, pero no podemos, categóricamente, decir que no. No está en nuestra mano tener que demostrar la no existencia, pero sí de lo que lo afirman hacerlo.

Nadie tendría que vivir su vida basándose en afirmaciones de personas que en realidad no saben más que cualquier otro de esas cuestiones y en todo caso es lícito exigir pruebas y evidencias tan extraordinarias e incontrovertibles como extraordinarias las afirmaciones.

Cuando decimos que algo no existe

Creencia, religión y ciencia

Cuando alguien dice que algo aparentemente sobrenatural existe, yo le suelo preguntar que cómo lo sabe, cómo ha adquirido ese conocimiento y con qué pruebas cuenta para tan extraordinaria afirmación. Y eso sin entrar en tipos de seres sobrenaturales benignos, malignos, influyentes o agnósticos.

Cuando yo digo que no crea que existan esos seres sobrenaturales, me suelen decir que los estoy negando. Existe una importante diferencia entre no creerse algo, o no aceptar algo concreto en ausencia de evidencias, con negar la existencia de algo.

Si alguien, por casualidad, intuición, infiere que algo existe, no cambia en absoluto la realidad. Puede que exista, puede que no, pero científicamente hablando no existe ningún motivo real por el cual tenga que creerme y aceptar como verdad lo que dice. Igualmente tampoco estoy obligado a tener en consideración cualquier idea que pretenda rellenar los huecos de nuestras lagunas y desconocimientos; que son muchos.

Es más; quien afirma la existencia de algo, si ese algo realmente existe, tiene todas las ventajas posibles para demostrar que tiene razón y yo estoy equivocado pues puede o podrá llegar a demostrarlo. Que yo descarte sus conclusiones, que no acepte sus premisas no tiene otro objeto que servir de acicate a demostrar con unas mínimas garantías lo que afirma.

Lo correcto es que yo no acepte sin evidencias por mucho que me pueda gustar o no una idea. No me equivoco al pedir evidencias incluso aunque luego se demuestre que eso concreto es real. E incluso en ese momento debemos admitir que esa realidad puede ser aparente.

No tiene razón quien acierta, sino quien demuestra con evidencias que lo que dice es cierto. Exigir reconocimiento por haber intuído algo que luego otros han demostrado tiene el valor de haber inspirado a quienes mediante la experimentación, en análisis, la comprobación de hipótesis y la elaboración de teorías, siempre mejorables, demuestran la afirmación en un grado razonablemente aceptable; pero no va más allá a no ser que se participe de esa investigación científica.

Y en ninguno de los casos el conocimiento adquirido o por adquirir será posiblemente definitivo, sino que tiene que suscitar más preguntas; única forma de avanzar que tiene nuestra especie.

Creencia, religión y ciencia

Ateo o agnóstico

Creo que ambos términos están más cerca de lo que parece. Mi posición ante a cual de los dos términos me aproximo más es ateo ¿porqué?

Bueno, existen muchas definiciones, y personalmente no me gusta encasillarme, pero si debo describirme en pocas palabras soy ateo y voy a explicar porqué creo que la mayor parte de los que se dicen agnósticos también lo son.

Ateo es aquel que básicamente no cree que existan dioses algunos. Agnóstico sería, de forma muy general, aquel que dice que no puede saber si hay un dios.

El problema es que con frecuencia la diferencia se pierde en la noción de dios.

Porque cuando hablamos de dios hay esencialmente dos tipos distintos: el dios religioso y el dios metafísico, la causa del origen, el universo, o la naturaleza, como se quiera llamar. Por un lado un ser consciente de si mismo con capacidad para actuar y por otro una serie de fenómenos poderosos que espacapan a nuestra posible comprensión. Pero ambos conceptos son distintos. Un ateo, en rigor, sería aquel que no cree que existan dioses del tipo descrito por religiones, seres conscientes, que han intervenido o intervienen en los hechos de la naturaleza o son precursores de ésta. Un ateo es ateo de Yahvé, Alá y también de Ra, Osiris, Zeus o Shiva. Los ateos no creen en ninguno de los más de 2.000 dioses que las personas han imaginado en algún momento de la historia, fantasías que muchos siguen creyendose aún hoy.

Alguien que se dice agnóstico no cree que exista Zeus, ni cree que exista Shiva ¿porqué debería poner en duda la existencia de cualquier otro dios del tipo descrito en cualquier religión? Si llamamos dios a otra cosa distinta de los prototipos preconizados por las religiones estamos, de hecho, hablando de otra cosa. Y en rigor deberíamos dejar de usar la misma palabra para describirlo. Podemos llamarlo de muchas maneras, menos dios.

Esa es la confusión. Usamos las mismas palabras, secuencias de letras, para expresar cuestiones muy distintas, ya sea fe, creer, saber o dios.

Como ateo no pretendo saber lo que no sé, pero no voy a por ello llamarme agnóstico cuando, en coherencia con lo expresado, no lo soy.

Ateo o agnóstico

Que no crea que existan dioses no significa que

Que no crea que existen dioses no significa que crea al ser humano como la criatura defintiva con potencial ilimitado y capaz por si mismo de absolutamente todo. En todo caso soy capaz de reconocer, con humildad, el espacio que como ser vivo consciente ocupamos en el Universo. No tengo garantías suficientes para suponer que no vamos a ser finalmente víctimas de nuestra propia inteligencia, o que nuestra inteligencia sea suficiente para afrontar los retos de supervivencia al que nos vamos a enfrentar como especie, ya sea por desastres naturales fuera de nuestro control, ya sea por nuestra propia tendencia a ponernos en riesgo letal con la proliferación de armamento de destrucción masiva como por ejemplo las armas nucleares, biológicas, o químicas. Sin embargo sé que por ahora con lo que contamos para sobrevivir somos nosotros mismos. Sin haber nada más que podamos afirmar con mínimas garantías debemos ceñirnos a este hecho e intentar comprender la necesidad de colaborar entre todos, centrándonos en nuestras similitudes y relativizando nuestras diferencias. Nadie va a venir a salvarnos de nosotros mismos. Si queremos sobrevivir como especie, no sólo como individuos, debemos trabajar juntos. Sólo mirandonos desde la perspectiva cósmica nos podemos dar cuenta de este hecho.

Tampoco considero que dejar de creer en dioses nos pueda hacer menos apasionados al descubrir las maravillas y complejidades del Universo que apenas estamos empezando a desentrañar. Comprender que la naturaleza carece de voluntad y sin embargo da como resultado un entorno en el que la consciencia puede darse es, de por si, una de esas maravillas y misterios que nos hacen avanzar en el intento de comprensión sobre cómo funciona todo. Y cada nuevo descubrimiento lejos de volver nuestra pasión en roca fría, nos llena de maravilla y ansias de nuevos descubrimientos que permiten que nos situemos en el contexto correcto para valorar lo que tenemos y lo que debemos tratar de cabalmente conservar. Somos parte del cosmos porque estamos hechos de la misma materia que lo compone, siguiendo las mismas reglas que lo gobierna en otros rincones. Aquí estamos y debemos mirar con serenidad al futuro dentro de los parámetros del pensamiento crítico para prolongar, en la medida de lo posible, esta capacidad de mirar más allá de nuestros propios prejuicios y percepciones animales.

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Que no crea que existan dioses no significa que