Perdiendo mi religión 3, Dios muere

Retomo, tras muchos años, la serie describiendo mi transformación de persona religiosa a alguien que se puede considerar atea, es decir, alguien que no cree que exista dios alguno. Aquí podéis veir las entradas anteriores:

Parte 1 y parte 2.

¿Y por qué lo retomo? Porque últimamente he pensado mucho en la manera en la que los escépticos intentamos convencer a los religiosos de que están equivocados, y en este proceso reflexivo me estoy dando cuenta de que cometemos muchos errores. Tal vez sea porque en un intercambio de ideas sobre religión tendemos, con demasiada frecuencia, a caer en la descalificación y la burla, como si algo tan evidente para nosotros tuviera que serlo para todos.

Pensando en ello me doy cuenta de que el proceso de liberación de creencia en dioses es un proceso largo, de años y siempre cambiante. De hecho el proceso continúa. Mucho se aprende durante el camino, mucho se cuestiona y lo que casi siempre se cumple es que es algo que no ocurre de la noche a la mañana. Cuando cuestionamos las creencias de otras personas no estamos cuestionando aquello que se creen, sino una forma de vida.

Cuestionar la forma de vida no es una tarea sencilla y no es algo que deba de ser tomado a la ligera. Así que lo mejor es contar, desde la propia experiencia, el proceso que hemos tenido cada uno de nosotros con la esperanza, tal vez vana, de inspirar las mismas preguntas en las mentes de otros con el objetivo de lograr iniciar un proceso similar o parecido que durará, probablemente, también años.

Y ahora voy a hablar de la muerte de Dios, del Dios que todavía pensaba que podía existir porque tenía sentido que pudiera existir.

Es aquí cuando entra en mi vida una de las personas que más me han influido en mi vida. No es otro que Carl Sagan.

Y lo cierto es que no fue en aquel momento en el que me di cuenta de su influencia viendo Cosmos. Fue, en ese momento, algo más bien subconsciente. Ha sido después que me he dado cuenta, al volver a ver la serie Cosmos, de lo mucho que me ha influido a lo largo de los años.

Esto, junto a libros del mismo autor que me hicieron cuestionar todo lo referente a OVNIs y visitas de extraterrestres a la Tierra en tiempos pasados, me hicieron retomar muy en serio el método científico, se dio nueva vida al espíritu crítico y escéptico que debe guardarnos de creernos cualquier cosa, por lógica o absurda que nos parezca, sin la debida y proporcional evidencia necesaria.

La decepción conmigo mismo, descubrir la forma en la que me había engañado con tal de creerme lo que más me hubiera gustado que fuera realidad, me enfureció y de tal manera que durante años reaccioné con la misma furia ante afirmaciones religiosas o pseudocientíficas de todo tipo.

Y llegó esa pregunta inquietante. Y si Dios sólo existía en mi mente. Si sólo era una idea más inculcada y nunca cuestionada por la generalidad de las personas. ¿Qué ocurre si no existen los dioses?

Dios murió. Mejor dicho, la idea de Dios había muerto en mi mente probablemente antes de que realmente fuera consciente de ello. En realidad, nunca había podido afirmar, con honestidad saber que cualquier dios realmente existía. Que exista un dios deja de ser necesario para deleitarse con el Universo, para explicarlo, y por supuesto, para que éste exista. Estábamos solos, no había nada después y esa noción dando miedo al principio, nos llena de maravilla después. Fue, en pocas palabras, el punto de inflexión hacia una forma de ver la vida más cabal y razonable.

Poco podía imaginar que este cambio, importante sin duda, era apenas el comienzo de una odisea por los procelosos mundos de la credulidad en la que, lejos de sospecharlo, seguía y probablemente sigo en parte inmerso.

 

Perdiendo mi religión 3, Dios muere

Me gustaría creer pero va a ser que no

Me gustaría creer muchas cosas, pero no quiero creer sin más. Creo, de hecho, en muchas cosas, pero para hacerlo éstas tienen que pasar varios filtros que son los de la plausabilidad, cierto sentido común y lógica, la crítica y sobre todo, la inestimable ayuda del método científico.

Y aún y todo mucho de lo que creo no comprendo del todo, y muchas cosas están abiertas a ser descartadas con el tiempo. Si de algo me siento rico es de incertidumbres y de tener pocas certezas pero firmes.

Nada en este sistema que uso ha impedido que me maraville de las cosas de la naturaleza y el universo en general. Nada me ha impedido asombrarme con las grandes proezas de no pocos individuos a lo largo de la historia ni de identiciar lo que creo malo u horripilante.

Este sistema no sólo no me impide intentar discernir el bien del mal, para tratar de hacer el primero y evitar el segundo, sino que cuando lo hago tengo algo a lo que agarrarme con fuerza y una convicción que me ayudan a defenderlo ante la intolerancia y el fanatismo.

No, no necesito creerme cosas demasiado bonitas para ser verdad. Me basta con ser intelectualmente honesto, reconocer lo mucho que todavía hay que aprender y descartar lo absurdo, inverosimil o fantasioso que sin evidencia alguna a veces nos presentan como si fuera ciencia, al menos hasta que aparezcan evidencias sólidas que lo apoyen.

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Me gustaría creer pero va a ser que no

Dando religión

Yo, en su día, di religión e incluso fui a catequesis, ¡hasta me confirmé! Y en ese proceso yo era el azote de los profesores y catequistas.

En la catequesis llegó a tal extremo la situación que los catequistas palidecían si me veían aparecer tras varias semanas de aliviante ausencia por mi parte. Al final recuerdo una monitora que directamente decidió dejar de dar catequesis cuando yo estaba en el grupo y hablábamos de viajes y cosas de la vida, sin más. Pero fue en el colegio que un profesor de religión, el cual era contradictorio como yo y por eso me caía bien, puso una redacción para nota sobre qué era la navidad para nosotros. Y bueno, yo expresé lo que pensaba, porque ya por aquel entonces no me creía mucho el tema de la existencia de un Dios como el descrito en viejo o nuevo testamento. Añadí además mi opinión sobre la mercantilización de una celebración, aunque no entré en temas del origen pagano de estas fiestas del solsticio de invierno.

La redacción me quedó muy bien, tal y como me dijo el profesor de forma privada. Me confesó que le gustó mucho pero que por “coherencia” con el objetivo de la clase no me podía poner un sobresaliente y que lo sentía mucho. Me puso un notable que, al menos en aquel momento, me supo a victoria. Esa victoria moral de arriesgarse a expresar tus ideas sin importar las consecuencias, pero de tal manera que no puede ser sino aceptado en parte por el que se opone a tus ideas.

Peor me fue, eso sí, cuando otra profesora nos pidió una redacción sobre la maravillosa fiesta de los Toros de la cual era amante. Ahí sí que me gané un buen suspenso. Y sí, ese también me supo a victoria.

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Dando religión

La credulidad no se enseña, se impone

Hay quien me ha solido reprochar que no crea en Dios (bueno en ningún dios o demonio). La verdad no es que no crea, es que no me lo creo. He ahí la diferencia. No es lo mismo creer en cosas que creerse cosas. Debemos revisar qué cosas nos tragamos sin cuestionar y cuales, tras ser desafiadas por la razón, todavía se mantienen. Esas son las que valen la pena y eso es lo que tenemos que enseñar a los chavales ahora que los gobernantes de España van a imponer la credulidad y la sinrazón de las religiones en el aula.

Este es el motivo por el cual estoy seguro de que la educación no sólo cambiará, sino que de este cambio depende la viabilidad de la especia humana. Tenemos que superar ya el encorsetamiento que el viejo sistema impone y explorar nuevas vías gracias a la tecnología y la interconexión que se nos facilita.

La credulidad no se enseña, se impone