“Soy de la hipótesis de que la guerra ya se está librando y es de lo especuladores financieros contra los demás. No se disparan balas, ni falta que hace.”
Mario Pena
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Noticias y opinión
Mario Pena
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Con frecuencia llamamos héroes a gente que simplemente hace lo correcto; lo que hay que hacer. Es posible que la cobardía se haya instaurado de forma tan profunda en nuestro ser que creamos que esa actitud cobarde es lo normal y por lo tanto lo que se sale sale de esos parámetros debe ser heroico.
Pues a veces es hacer lo correcto sin más. Es posible que si nos damos cuenta de esta realidad descubramos que simplemente haciendo lo correcto, nos convirtamos, a ojos de los demás por lo menos, en héroes.
Y es por eso que al que llamamos héroe raramente se reconoce como tal, pues es su naturaleza hacer lo correcto.
Mario Pena (cc) by-sa
Hace ya muchos años necesitaba urgentemente alquilar un garaje para guardar el coche y sobre todo una bicicleta que hasta el nacimiento de mi primer hijo guardaba en su cuarto/oficina/trastero.
Buscando al final encontré un garaje cerrado y quedé con el dueño para hacer los papeles en un par de semanas y que me pasara las llaves. Fue un trato hecho de palabra y por teléfono.
Cuando pasaron esas semanas sin noticias de él, le volví a llamar para quedar y empezar a usarlo y es cuando me dijo que no me lo podía alquilar, que un familiar lo necesitaba y que como perdió mi teléfono no me pudo avisar antes. Me dijo, textualmente “ya lo siento, pero es que suelo cumplir mi palabra”.
Bueno, al final, después de cabreo encontré otro garaje mejor y más barato, pero me quedo con esa frase de “suelo cumplir mi palabra”.
Veamos, la palabra dada se cumple siempre, o no se cumple. O mejor dicho, si “a veces” no cumples tu palabra, no existe ni un sólo criterio objetivo para confiar en ti jamás. Tu credibilidad cae y no se recupera. Ojo, no hablamos de causas de fuerza mayor. De hecho no es recomendable dar la palabra a la ligera, pues toda tu reputación reside en la palabra dada.
Y de ahí vamos a ciertos gobiernos y politicastros que dan sus palabras, juran y perjuran porque de hecho asumen que realmente la gente no se los cree totalmente. ¡Qué cínicos somos! O creemos a los políticos cuando dicen las cosas, o no les creemos nunca. Y si no les creemos, pues no podemos dada la experiencia con la que contamos, hemos de votar, o no hacerlo, en consecuencia. Votar a alguien que ha mentido conscientemente nos hace cómplices y no mucho mejor que el mentiroso.
Tengamos un poco de eso que nos quieren quitar a golpe de decreto: Dignidad.
Millones de parados que podrían ofrecer bienes y servicios y millones de personas que necesitan bienes y servicios pero que no los reciben. Algo no me cuadra…
Y lo que no cuadra es, en efecto, el dinero.
Si ponemos al dinero por delante del intercambio de bienes y servicios porque creemos que sólo el valor de éste legitima tal intercambio, creamos un trueque en diferido, es decir, no usamos la moneda como apunte de valor, sino como objeto valioso en sí, como si fuera sal, o un metal especialmente interesante para hacer otras cosas y sacarlo del mercado de moneda. Ese objeto por si mismo carece de valor hoy en día, valor tangible que no sea que estamos coaccionados a usar por ley. El dinero debe ser la medida del intercambio de bienes y servicios, ergo tiene que venir después y no ante de la posibilidad de esos intercambios.
Si eliminamos al dinero equivocadamente diseñado de la ecuación, deja de afectarla y el intercambio puede darse sin más límite que la oferta y la demanda de esos bienes y servicios, no la oferta y demanda del medio de medida, el dinero; porque la divisa pasa a ser abundante de forma natural.
Se puede morir de muchas formas. El que asesina a un niño ya está, en cierto modo, muerto. Estamos rodeados de muertos andantes, y no nos damos cuenta.
Cuando los que se pretenden adultos juegan a sus juegos movidos por sus certezas y verdades absolutas, absolutamente discrepantes, son muchos los que pagan las consecuencias de la forma más absoluta, muriendo. Cuando sabemos que un niño en EEUU, o en Somalia, o en Afghanistán ya no verá más la luz, cuando en Palestina quedan huérfanos de padres, de hermanos, cuando un niño israelí ve como tirotean a sus padres en su propia casa… algo muere dentro de nosotros. Algo muere en el que mata pero lo que realmente es importante es que mueren niños; esos seres que tenemos que proteger por encima de nuestras más absolutas convicciones, incuestionables verdades absolutas y siempre discrepantes.
Vivimos en un mundo en el que grandes empresas quieren controlar los recursos, siembran el odio y fomentan la guerra y el hambre, o contratan obra de mano infantil para que nuestros hijos del primer mundo puedan tener la última consola, porque hay que consumir y crecer sin límite sin pensar en que el mañana está lejos de estar garantizado.
Vivimos en un mundo en el que ideas absolutamente absurdas anidan en los cerebros supersticiosos y temerosos de voces que resuenan entre enloquecidas neuronas. Sin principio, sin límite, sin final, sin freno y paren acciones repugnantes y absolutas que llevan a la muerte, a no ver más amaneceres a niños como nuestros hijos, primos, sobrinos, amigos.
Hay una verdad que es absoluta: La muerte es el final.
Un niño muerto por una bomba por esos asuntos tan importantes de lo adultos es la claudicación del ser humano como tal. Es la bestialidad absoluta. Es el fracaso más abyecto del miserable colectivo humano, de cualquier credo, religión o convicción política.
Rebusquen en su interior y recuerden, hoy hay niños que no verán salir el sol mañana, porque no tienen qué comer, porque enferman, porque son torturados, asesinados, desmembrados. Esa es la realidad, la verdad de nuestra obcecación ciega.
Pese a las lógicas críticas si algo tiene de bueno Bitcoin, a mi juicio, es que la gente se empieza a hacer preguntas en grupo sobre la razón, objetivo y normas que deberían regir el uso de las divisas.
Casi de repente pasamos de una situación en la que nadie se cuestiona las monedas tradicionales, a sonarnos familiares los términos “fiat” (no la marca de vehículos italianos), o reserva fraccionaria. Súbitamente más de una persona y de dos se pregunta si el concepto de “invertir” en divisas tiene un sentido lógico para la economía “real” (como si debería haber otra economía irreal, que la hay, claro).
La humanidad tiene ahora la ocasión de enfrentarse a sus miedos y empezar a cuestionar muy seriamente cual debe o cual es el propósito lógico de la divisa, pues con frecuencia la respuesta a esta pregunta ha sido incorrecta. Eso nos ha llevado, en la actualidad también en el llamado primer mundo, a una situación de crisis, en el sentido de cambio, de consecuencias tal vez dramáticas.
Pese a lo que pueda parecer el objetivo de la moneda no es permitir el intercambio de bienes y servicios, sino medir el intercambio de bienes y servicios. Si bien puede parece algo muy parecido, en realidad no lo es. La primera definición, más clásica y no siempre expresada en esos términos pero sí con la misma intención, antepone la búsqueda de acumulación de divisa para poder realizar un intercambio. La segunda apunta a la única función lógica que una divisa tiene que realizar, medir el valor que las dos o varias partes de una transacción deciden dar a un bien o servicio para permitir su intercambio. Es decir: Un apunte de valor.
Como tal la moneda deja de ser, pues, un objeto mueble para ser algo secundario, importante, pero secundario en el intercambio; no impidiendo pues que tal intercambio se pueda dar por escasez de “dinero”.
Claro que es difícil ver esta función con claridad debido a, como han comentado algunos, la tara que nos perjudica por haber estado tanto tiempo engañados y controlados por una forma concreta de hacer las cosas. Quiero decir que rechazar Bitcoin como la solución a la situación que vivimos y viviremos no implica necesariamente que se opte por la moneda fiat convencional controlada por los bancos centrales, sino que tal vez va siendo hora de crear una divisa que realmente cumpla su misión lógica de forma que cualquier persona pueda desplegar todo su potencial sin compromisos artificiales y sin coacción.
“In many cultures it is customary to answer that God created the universe out of nothing. But this is mere temporizing. If we wish courageously to pursue the question, we must, of course ask next where God comes from? And if we decide this to be unanswerable, why not save a step and conclude that the universe has always existed?”
[Carl Sagan, Cosmos, page 257]
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