La tortura etarra

Cuando ETA y los que la apoyan o jalean (o no condenan) afirman que ETA quiere la “libertad” del Pais Vasco hay que darle más o menos el mismo tipo de credibilidad que se le da al señor George W. Bush cuando habla de su guerra contra el terror para llevar la democracia a las tierras oprimidas del mundo.

Es importante darse cuenta que ETA ha dejado de tener un objetivo, si alguna vez ha tenido tal cosa, para convertirse en un fin en si misma. ETA sólo quiere a ETA y prueba de ello es su discurso violento y repugnante que dice defender el derecho a decidir del Pueblo Vasco. Sin embargo lo ignora y desprecia cuando ese mismo pueblo es el que ha dicho, en una de sus más importantes decisiones, que no necesita ni quiere la existencia de la banda asesina. ETA insulta a ese Pueblo por el simple hecho de existir.

Todo lo demás que dice ETA y su entorno no son más que escusas o engaños. El supuesto problema político, de existir realmente y ser percibido por la sociedad hoy en día como un problema, sólo existe en las mentes de intereses concretos, que nada tienen que ver con fines supuestamente sociales.

ETA es el problema. Es quien tortura Euskadi y quien no respeta la voluntad del Pueblo que dice defender. ETA mata y miente y es aquello que hay que eliminar y sobre todo, a quien no hay que darle el honor de la duda. Su existencia debería repugnar a cualquier persona mínimamente razonable y que aprecie esta tierra y sus gentes.

ETA odia Euskadi y a los vascos y tanto es así que ante la imposibilidad de engañar a más gente, e ir perdiendo a cada día credibilidad en sus propias bases y viejos apoyos (incluso viejos integrantes y fundadores), recluta a lo peor de lo peor de la sociedad, para seguir existiendo como el monstruo sanguinario al que se le acaba el tiempo que es. Mientras tengan dinero existirán. El día que no haya dinero, al no haber más causa que su avaricia y necesidad de existencia finaciera, desaparecerá.

Mientras sólo queda esperar lo peor de esa banda de gentuza mafiosa infinitamente repugnante.

La tortura etarra

El problema con el ateismo

Fuente original: Fernando G. Toledo.

Estoy en desacuerdo con la mayor parte de lo que usa Sam Harris como centro de esta conferencia. Me parece que el problema que plantea tiene que ver, fundamentalmente, con su deficiente posición ontológica y su muy básica filosofía de la religión. En este sentido, los hablantes hispanos podemos, si se quiere, enorgullecernos de que algunos de nuestros adalides ateos (Bueno, Puente Ojea, Pérez Jara) están en un nivel muy superior para hablar de estas cuestiones. Por lo general, Harris me parece mejor fundamentador que sus colegas de estas lides Dawkins y Hitchens. Pero, en fin, dado el interés polémico de mucho de lo que aquí expone, ofrezco el texto que sigue.

Fernando G. Toledo

En una charla en la conferencia de la Atheist Alliance que tuvo lugar en Washington D.C. el 28 de septiembre de 2007, Sam Harris dejó caer una idea que desde entonces ha tenido profundo impacto en la prensa humanista de todo el mundo. ¿Hasta qué punto debe el humanista secular hoy en día celebrar ser considerado “ateo”? ¿No han sido ya el nihilismo o el existencialismo movimientos de una más expresiva militancia atea, y sin embargo modelos éticos de una naturaleza completamente distinta? Tom Flynn, editor de Free Inquiry, resumió a la perfección la inquietud de Harris. Merece la pena sin embargo reseñar la charla completa, uno de los manifiestos humanistas más provocativos redactados durante el presente siglo.

© Sam Harris
Traducción de Ismael Valladolid Torres

Para empezar, me gustaría tomarme un momento para reseñar cómo de extraño resulta que una reunión como esta sea de hecho necesaria.

Estamos en 2007, y todos aquí hemos tenido que robarle tiempo a nuestras atareadas vidas, y algunos que viajar grandes distancias, sólo para poder reunirnos para pensar una estrategia para sobrevivir en un mundo en el que la mayor parte de la gente cree en un dios imaginario. Estados Unidos es una nación en la que viven 300 millones de personas, que influyen en el curso del mundo más que cualquier otro grupo en la historia humana, y aun esta influencia queda corrompida, y se muestra decadente, porque 240 millones de estas personas aparentemente están convencidas de que de un momento a otro Jesús va a volver y a orquestar el fin del mundo con sus poderes mágicos. Por supuesto, podemos especular con cuánta de esa gente que dice creer en esas cosas, realmente lo hace. Sé que Christopher —Hitchens— y Richard —Dawkins— son optimistas acerca de que el resultado de este tipo de sondeos de opinión realmente refleje lo que la gente profesa privadamente.

Pero no hay duda de que la mayor parte de nuestros vecinos realmente actúan como si creyeran este tipo de cosas, y de que dichas profesiones han tenido un efecto desastroso en nuestro discurso político, en nuestras actuaciones públicas, en la enseñanza de la ciencia y en nuestra reputación ante el mundo. Aún si sólo una tercera o una cuarta parte de nuestros vecinos creen realmente en lo que luego profesan, creo que tenemos un buen problema del que preocuparnos. No me encuentro a menudo en un salón como éste, rodeado de gente con la que más o menos tengo la garantía de estar de acuerdo en el tema de la religión. Al pensar en lo que podría deciros esta noche, me pareció que podía elegir entre arrojar carne fresca a los leones del ateísmo, o llevar la conversación a un terreno en el que podríamos no estar de acuerdo. Me he permitido, a riesgo de afectar a vuestro humor, elegir la segunda opción, y decir un par de cosas que podrían crear controversia. Dada la ausencia de evidencias de la existencia de Dios, y la estupidez y el sufrimiento que aún hoy surgen bajo el manto de la religión, declararse a uno mismo «ateo» podría parecer la única respuesta adecuada. Y es la posición que muchos de nosotros hemos adoptado orgullosamente en público. Hoy voy a sugerir que nuestro uso de esta etiqueta es un error, y un error con consecuencias.

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El problema con el ateismo