La tormenta

after the storm
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Es tal vez extraña la atracción que algunos sentimos por la tormenta, por la tempestad. Esa manifestación de la climatología que nos sitúa pequeños ante el desafío de la fuerza desatada. Esos vientos que arrojan el agua y la arena a nuestras caras hiriéndolas.

Es la tempestad, no obstante, la oportunidad que nos da la naturaleza para mirarla a la cara y sonreír a la muerte. Es la oportunidad de desafiar los elementos, erguirnos como pequeños gigantes en medio del caos y el desorden. Encontramos la oportunidad de ganar o perderlo todo, quedar desnudos mirando la más simple realidad; la naturaleza se nos antoja violenta, peligrosa. En realidad solamente es. Nada más.

El universo gira ignorante, porque no tiene conciencia de nuestra existencia, de nuestra acción. Y al mismo tiempo somos nuestro propio universo. Sólo nos probamos a nosotros mismos cuando no hay nadie más alrededor. La perfecta soledad dentro rugido del monstruo.

Al final sólo podemos enfrentarnos a nuestros miedos estando solos, ante la tormenta, ante la tempestad, el frío y la perfecta desolación de una playa desierta.

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La tormenta

Una vez salí al exterior

Una vez, hace años, salí al exterior. Era un lugar gris, oscuro, frío, con una extraña luz que parecía venir de una inmensa y lejana bombilla que se escondía tras una especia de techo semitransparente. También vi algo parecido a seres humanos, encorvados, guiados hacia un destino fatal por pequeñas pantallas, único color en un mundo ajado. Esa extraña zanahoria colgaba de unos brazos aparentemente inútiles si no fuera por haber atisbado fugaces movimientos de unos apéndices parecidos a dedos. No hablaban, sólo miraban. Entonces supe que el exterior no era para mi. Sentí terror y corrí a refugiarme en la realidad de mis dos pantallas, en el cálido y acogedor regazo de Facebook, Twitter, Meneame y mi pequeño blog.

Una vez salí al exterior

La historia de los dos viajeros en un tren

Hace unos años conocí a un señor hindú que me contó una historia cuya autoría original no conozco, pero que creo vale la pena publicar aquí:

En uno de esos trenes que cruzan grandes extensiones de la India viajaban en un vagón dos hombres que no se conocían de nada. Uno de ellos estaba acompañado de sus dos hijos que no paraban de jugar y alborotar por todo el lugar. El hombre sentado frente al padre de los niños no dejaba de pensar en lo mal que había educado ese padre a sus hijos pues les consentía tanto ruido y juegos que podían molestar, y de hecho ocurría, al otros pasajeros.

Durante unos minutos todo siguió igual ante la creciente incomodidad del hombre que no dejaba de mirar al padre que tenía la mirada perdida en algún lugar distante al otro lado de la ventana del vagón.

Tras un rato el padre pareció que despertaba de algún tipo de ensueño y se dio cuenta del enfado y las inquisitivas miradas del otro viajero. Entonces se dirigió a él y le dijo: “por favor, lamento que mis hijos le estén molestado. Espero que nos sepa disculpar. Venimos de lejos de enterrar a su madre en su ciudad natal. Desde que ella murió esta es la primera vez que he visto a mis hijos volver a reír y jugar. Me siento incapaz de pedirles que dejen de hacerlo.”

La expresión del otro hombre cambió enseguida y pasó del enfado a la profunda comprensión. No había nada que perdonar.  El viajero se quedó mirando alternativamente al padre y a los niños mientras estos seguían jugando y casi sin darse cuenta empezó a sonreir ante las inocentes travesuras de los niños y sus risas.

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Con demasiada frecuencia respondemos con agravios a los que nos agravian. A veces hay que escuchar, a veces hay que preguntar. A veces hay que comprender de la misma forma que en muchas ocasiones nosotros queremos que nos comprendan. A veces somos el viajero sentado enfrente del padre, otras veces somos el padre. A veces somos los niños.

La historia de los dos viajeros en un tren

Reflexión tonta del día: El Yo y la Inmortalidad

En una de mis muchas meditaciones existenciales estúpidas se me plantea esta pregunta propia de novela o historia corta de ciencia ficción. Si pudiéramos transferir nuestra consciencia a una máquina, un ordenador, ¿en qué momento lo deberíamos hacer? ¿Al morir? ¿Deberíamos morir necesariamente? Y si la podemos copiar en un cerebro artificial ¿no estaríamos ante la posibilidad de hacer infinitas réplicas de nosotros mismos? Y esa es necesariamente una pregunta mmm…. ¿aterradora?

Si no estamos hablando de transplantes de cerebro, pero sí de copia de nuestra propia consciencia y capacidad mental en equipos electrónicos (ordenadores avanzados) podríamos copiarnos varias veces, como varias veces se puede copiar una película o fotografía. De igual manera, en el segundo que tenemos ya dos copias independientes y que interaccionan con su entorno por su cuenta, por ejemplo ¿son esas nuevas consciencias ya otras “personas”?

No dejo de pensar que aunque seamos el mismo de un día para otro, algo siempre ha cambiado que hace que ya no seamos la misma persona de ayer cuando nos fuimos a dormir. Esto se acentúa con el tiempo ¿no es así? ¿No pensáis a menudo en vuestro joven yo de hace unos años con cierta condescendencia en plan qué ingenuo que era?

Sí, somos la misma persona, pero en realidad no lo somos al mismo tiempo. Nos vamos modelando con el paso de los años, de los meses, días e incluso minutos. A veces en un segundo ya cambiamos de forma irremediable ante acontecimientos especialmente dramáticos.

Si llevamos esto al extremo de poder multiplicar nuestra consciencia ¿no estaremos propiciando la creación de seres con su propio “yo” diferentes entre sí que entrarán finalmente en conflicto, o no, porque a escala atómica cada una de estas “personas” acabará influida por estímulos ligeramente diferentes hasta que se distancien en relación a su parecido original?

Es como dar una misma copia de una fotografía a tres o cuatro personas y pedirles que las editen un poco únicamente. Es muy poco probable que las cuatro editadas sean iguales tras varias ediciones sucesivas.

Por un lado es una reflexión interesante, tonta y tal vez aterradora, toda vez que creo posible que en el futuro el ser humano sea capaz de replicar la consciencia de seres humanos en máquinas de forma ilimitada. Una especie de inmortalidad digital, un paso evolutivo de la especie. Será interesante, maravilloso o terrible. Tal vez todo eso al mismo tiempo.

Reflexión tonta del día: El Yo y la Inmortalidad

Internet me recuerda a los sueños

Reflexión tonta del día: Estaba el otro día hablando en Ondacero sobre tecnología, educación y cosas así, cuando me vino un pensamiento tonto que hace una buena reflexión tonta del día: Internet me recuerda muchas veces a soñar. Me explico: Cuando trabajas en temas de Internet estás todo el día de pantalla en pantalla, de información en información, viendo imágenes, vídeos, leyendo noticias, opinando, escribiendo en redes sociales y todo es de todo tipo y de todo tipo de materias. Pasamos de  una noticia de una injusticia a ver la última cámara digital que va a salir, o pasamos de una sesuda reflexión sobre el copyright a un chiste de geeks y luego a opinar sobre el bosón de Higgs. Todo en microsegundos y con una línea argumental de dudosa continuidad. Me recuerda mucho a los sueños. Y tal vez es por eso que es bueno desconectar de forma firme de todo eso de vez en cuando, para permitir a nuestro subconsciente asimilar al menos parte de esa nueva información. Y todo eso; información, sensaciones e ideas, irán influyendo en menor o mayor grado en nuestra vida y forma de tomar decisiones y llevarlas a cabo.

Internet me recuerda a los sueños

Amante de causas perdidas

“Para el hombre la imaginación es como las alas para las aves que vuelan”. Soy un amante de las causas perdidas y entre otros motivos porque si la fastidias nadie te puede echar nada en cara, y si tienes éxito, eres un genio.

“To men imagination is like wings to flying birds”. I’m a lover of lost causes, because between other reasons, if you screw it, nobody is able to blame you, and if you succeed you are a genius.

Mario Pena

Amante de causas perdidas