La Pelota Cuadrada Saltarina

por David y Mario Pena

Para una pelota ser cuadrada puede resultar algo tremendamente frustrante. Sin embargo, la Pelota Cuadrada Saltarina tenía muy claro lo que quería ser, y eso a pesar de su extraña forma cuadrada.

El resto de perfectamente esféricas pelotas se reían continuamente de ella. La Pelota Cuadrada Saltarina decidió demostrarles que ella podía ser lo que quisiera, así que un día se fue a trabajar al circo.

Como era cuadrada, un elefante la confundió con un cajón sobre el que subirse. Ante la sorpresa del público el elefante puso su enorme y pesada pata sobre la Pelota Cuadrada Saltarina, que incapaz de soportar el peso, quedó aplanada y totalmente deshinchada.

Las pelotas redondas saltarinas que fueron a ver el espectáculo y el público gritaron de terror. El elefante se asustó y dándose cuenta de lo que había ocurrido, se apartó inmediatamente. La pelota cuadrada saltarina parecía ahora una hoja de papel cuadrado.

Durante un momento todos se temieron lo peor, pero poco a poco la Pelota Cuadrada Saltarina se fue hinchando hasta volver a tener el tamaño normal y se puso a saltar como ninguna otra pelota hubiera hecho antes.

Y así fue que a pesar de tener una forma poco corriente, la Pelota Cuadrada Saltarina fue desde entonces aceptada entre todas las pelotas como una igual. Ya no les importó la forma, y lo que es más importante, demostró que a pesar de las dificultades, si realmente crees en ti mismo, puedes llegar a ser aquello que desees ser, sin importar lo que te digan los demás.

FIN

Derechos de autor (CC by-sa 3.0 ES)
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La Pelota Cuadrada Saltarina

Aromas del pasado

Hoy he encontrado, de casualidad, unas pastas. Sí, unas pastas. No unas pastas cualquiera, unas pastas con las que solía desayunar en mi infancia y más temprana juventud. Unas pastas que no había visto en décadas. He vuelto a percibir el aroma de éstas que han evocado muchísimos recuerdos.

Iba a ser emocionante volver a desayunar con ellas. Tantas cosas vienen a la memoria tras tan largo tiempo.

Y sí, he recordado aquella perdida inocencia durante unos segundos para darme cuenta, acto seguido, que ya nada es ni será igual. Ahora desayuno delante del ordenador viendo noticias, pensando en el activismo, en todo por lo que hay que luchar. Ahora sé que la justicia como tal no existe, ni la inocencia, ni el pecado, ni una vida mejor tras la muerte.

En el fondo no cambiamos de cómo éramos, pero ya nunca nada será igual.

Ni los recuerdos son los mismos. Ni siquiera el pasado es estático, como no lo es el presente y mucho menos el futuro.

Aromas del pasado

El dolor

Esta entrada tiene muy poco que ver con aquello sobre lo cual escribo. Va del dolor, del dolor físico que nos abre la puerta al dolor moral.

Hace tiempo que sufro de lumbago y tras una buena temporada sin problemas, el dolor ha vuelto. Es un dolor permanente y toca reflexionar. El dolor impide que nos concentremos en otras cosas, o que relativicemos, que ahorremos nuestro tiempo para lo más urgente e inmediato y releguemos el resto de cuestiones a un segundo plago, ejemplo, este mismo blog desatendido.

El dolor nos hace percibir las cosas con cierto hastío y permite, eso sí, seleccionar lo que realmente vale la pena, aquello que supera el umbral que de otra manera descartamos ante la imposibilidad de atenderlo todo.

El dolor frunce el ceño y es agotador. Y muchas veces tenemos que superarlo a toda costa para seguir trabajando y manteniendo a la familia. Pero es un mal compañero de fatigas.

Comprendo a la gente que cerca del final de su vida quiere acabar con el dolor aunque sea a costa de su propia vida. Es comprensible sobre todo si no existe perspectiva alguna de mejora. Porque el dolor es tolerable ahora que sé que tiene que acabar tarde o temprano pero ¿cómo lo podría aceptar si fuera mayor y permanente?

El dolor

Elogio a la Ociosidad de Bertrand Russell

Elogio de la ociosidad
(Escrito en 1932 por Bertrand Russell)

Como casi toda mi generación, fui educado en el espíritu del refrán “La ociosidad es la madre de todos los vicios”. Niño profundamente virtuoso, creí todo cuanto me dijeron, y adquirí una conciencia que me ha hecho trabajar intensamente hasta el momento actual. Pero, aunque mi conciencia haya controlado mis actos, mis opiniones han experimentado una revolución. Creo que se ha trabajado demasiado en el mundo, que la creencia de que el trabajo es una virtud ha causado enormes daños y que lo que hay que predicar en los países industriales modernos es algo completamente distinto de lo que siempre se ha predicado. Todo el mundo conoce la historia del viajero que vio en Nápoles doce mendigos tumbados al sol (era antes de la época de Mussolini) y ofreció una lira al más perezoso de todos. Once de ellos se levantaron de un salto para reclamarla, así que se la dio al duodécimo. Aquel viajero hacía lo correcto. Pero en los países que no disfrutan del sol mediterráneo, la ociosidad es más difícil y para promoverla se requeriría una gran propaganda. Espero que, después de leer las páginas que siguen, los dirigentes de la Asociación Cristiana de jóvenes emprendan una campaña para inducir a los jóvenes a no hacer nada. Si es así, no habré vivido en vano. Antes de presentar mis propios argumentos en favor de la pereza, tengo que refutar uno que no puedo aceptar. Cada vez que alguien que ya dispone de lo suficiente para vivir se propone ocuparse en alguna clase de trabajo diario, como la enseñanza o la mecanografía, se le dice, a él o a ella, que tal conducta lleva a quitar el pan de la boca a otras personas, y que, por tanto, es inicua. Si este argumento fuese válido, bastaría con que todos nos mantuviésemos inactivos para tener la boca llena de pan. Lo que olvida la gente que dice tales cosas es que un hombre suele gastar lo que gana, y al gastar genera empleo. Al gastar sus ingresos, un hombre pone tanto pan en las bocas de los demás como les quita al ganar. El verdadero malvado, desde este punto de vista, es el hombre que ahorra. Si se limita a meter sus ahorros en un calcetín, como el proverbial campesino francés, es obvio que no genera empleo. Si invierte sus ahorros, la cuestión es menos obvia, y se plantean diferentes casos.

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Elogio a la Ociosidad de Bertrand Russell

Sin aparatitos electrónicos

¿Recordáis como hace no mucho, unos 10 años, puede que poco más, no usábamos Internet apenas? Tampoco había smartphones, twitter o Facebook.

Ahora los aparatitos están tan metidos en nuestro día a día que si pasamos unos días sin ellos, no sólo vemos que no pasa nada por no tenerlos, salvo unos primeros momentos de ansiedad por lo que estará pasando, sino que casi parece que, como comenta un colega de una lista de correo, viajamos en el tiempo a un lugar remoto.

Es difícil evadirse, pero es posible. Pero sobre nuestras cabezas vuela la certeza que por mucho que queramos las cosas ya no volverán a ser igual; ya no serán como antes.

Podemos vivir en el espejismo, como hacen muchos, de que esto es una moda, o que pasará, que todo puede volver a ser como era antes, pero es un error. Una nueva forma de vida ha llegado de mano de una tecnología que avanza demasiado rápido ya incluso para aquellos más predispuestos al cambio.

Sin aparatitos electrónicos

Líneas en mi Mente

Era escaso el papel en aquella época en la cual te vi por vez primera. Te admiré porque vi en ti lo que más admiro en cualquier ser; la capacidad de ensoñación.

Escribías con tu mirada líneas en mi imaginación, líneas que ya no olvidaría jamás. Criatura del destino hablando de cara al océano aquella vez que por primera vez sentiste el amor; y los que te escucharon ansiaron conocer tal sentimiento.

Era escaso el papel en aquella época mas no la memoria de la eterna imaginación de los que te escucharon…

Mas sólo yo no quise saber a quien amabas por temor a no ser yo. Te miré desde la lejanía, en este precipicio, lejos del sonido de tu boca, cerca de tu esencia, de tu imaginación.

Y cuando pronunciaste el nombre del que amabas, cerré los ojos y susurré el mío suplantando en mi mente a aquel que tu dijiste y yo nunca escuché

Mario A. Pena (1994)

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Líneas en mi Mente