Manifestación obligatoria señor sí señor

No comprendo muy bien porqué tenemos que seguir midiendo el éxito de una protesta por el número de manifestaciones en la calle que se convocan y por el número de asistentes que acuden a éstas.

Bueno en cierto modo, lo comprendo, pero no entiendo porqué en el entorno digital tenemos que seguir midiendo las acciones digitales con métricas analógicas. Supongo que se trata de una crítica fácil y simplona a algo que tiene un complejo engranaje detrás.

Lo cierto es que pocas veces se hace el análisis inverso. Es decir, no veo a mucha gente midiendo el impacto de una protesta en la calle en Internet y seguro que sería interesante analizarlo en profundidad. Veremos que más o menos exitosas convocatorias analógicas tienen un rechazo mayoritario en la gente que extiende su vida por la Red. Porque Internet no es sino una manifestación digital de nuestro yo analógico. Internet es parte de la calle y la expresión de los Internautas es importante porque es el reflejo de la posición de muchos ciudadanos y juega con reglas distintas y desconocidas para no pocos.

Mi visión es un poco digital en estos temas, pero encuentro muchas manifestaciones analógicas muy poco importantes si las comparamos con la fuerza creciente de la  presencia de ideas nuevas y originales de Internet que desafías los viejos y trasnochados conceptos analógicos.

Eso no significa, ni mucho menos, que no haya que emprender acciones analógicas, que no haya que levantarse del sillón de vez en cuando y atravesar media España desafiando la nieve y la tempestad para defender lo que consideramos justo. Pero lo que seguro que no podemos es aceptar que se mida un movimiento creciente, disperso pero cada día más fuerte, por prejuicios de una generación que se quedó atascada en el siglo XX.

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Manifestación obligatoria señor sí señor

La injusticia mundial y el apatismo social

¿Qué tiene que ocurrir para que los ciudadanos actuemos como tales y pongamos freno a las injusticias que vemos, escuchamos y leemos cada día?

Hay una crisis en marcha desde hace muchos años, la crisis del hambre, de la esclavitud, del fanatismo, pero sólo hablamos de crisis cuando es la que los poderosos han programado para reajustar sus posiciones, para maquillar la realidad de las libertades que nos van a seguir arrebatando.

En Italia Berlusconi pretende destrir las universidades, en Francia  y Gran Bretaña, el modelo neofascista de Sarkozy pretende quitar la conexión de Internet a sus ciudadanos por sólo aceptar la realidad del cambio de la propiedad intelectual en detrimento de modelos de negocio suicidas. En España se favorecen los lobbys de presión que mantienen a la cultura en un permanente estado de secuestro y esclavitud y ministros de mal llamada cultura se permiten amenazar a toda la población con lo que califican como “medidas impopulares”. ¿Acaso nadie siente vergüenza ajena? ¿Será algo impopular al estilo la guerra de Irak de Bush, Blair y Aznar?

Damos dinero a los banqueros millonarios que han robado y robado sin contemplaciones, vemos como un estafador que ha robado millones de dólares elude la cárcel pagando diez millones mientras que hackers son encarcelados cinco años sin haber robado nada, sólo por demostrar la inseguridad de los paranoicos sistemas de seguridad militares (y probablemente salvandonos de un desastre terrible).

Ciertas clases eclesiásticas inundan a la sociedad con mensajes xenófobos, homófobos y parece que debamos tratarlos con respeto unidireccional.

El fascismo, la imposición, el totalitarismo, la negación de la cultura y conocimiento sólo buscan ofuscarnos, alejarnos de la realidad, que los gobernantes, vendidos, ocultan e ignoran los auténticos problemas de una población que de alguna manera se lo ha buscado. Porque seguimos creyendo que harán algo por nosotros. Les seguimos votando y lo cierto es que esto ya no funciona. Gobiernan al pueblo pero sin el pueblo. Todos sabemos cómo acaban estas historias ¿ o tal vez ya lo hemos olvidado para siempre?.

Es el momento de recordar a los gobiernos que son ellos los que deben temernos y no al revés.

La injusticia mundial y el apatismo social