La tecnología ha sufrido un cambio radical en los últimos años, digamos desde el 2000 hasta la fecha. La tecnología avanza más rápido de lo que somos capaces de asimilar y es cada vez más barata y accesible.
Ante cambios tecnológicos, el mundo sufre cambios. Los cambios son inevitables y si se saben encaminar aprovechando las oportunidades, resultan beneficiosos. La tecnología debe cambiar el mundo para mejor. No obstante se suele sentir algo cercano al miedo cuando se dan cambios y eso es porque no se sabe a ciencia cierta qué va a pasar, cual va a ser el efecto de las innovaciones que se van produciendo. Si lo supiéramos seguramente no existiría el aliciente para la creación y la superación que alimenta al ser humano.
En el terreno de los contenidos digitales, la tecnología ha logrado lo que no han logrado muchos utópicos, que es lograr socializar de manera efectiva y viable la transmisión de información a coste reducido. El peligro viene cuando modelos de negocio basados en épocas anteriores a este cambio son tan poderosos que se enfrentan a estos cambios y pretenden amoldarlos a algo que no puede serguir funcionando de esa manera. La tecnología actual es el motivo principal por el cual los modelos de negocio del entretenimiento basados en la escasez no pueden sobrevivir. Tienen que cambiar o destruir la tecnología.
Lo que a la gente les parece fácil y sencillo, como compartir una canción, a la industria se le antoja molesto, incómodo y difícil de asimilar. Nada diferencia, físicamente, al asesor de una gran compañía de cine de cualquiera de sus clientes. Ambos piensan, comen, duermen, trabajan… pero uno piensa con los prejuicios de un negocio de hace un siglo y el otro abraza las nuevas tecnologías sin dudarlo.
¿Quién tiene más razón? ¿El consejero capaz de influir en los legisladores, o su cliente?
El dinero no la la razón, compra influencia. La razón se basa en argumentaciones, en el diálogo. Si no existe diálogo, si no existe comunicación entre la industria y sus clientes se producen efectos negativos. Son negativos para la industria y para el mundo. La industria pierde y puede desaparecer, el mundo retrasa una evolución imparable.
La clave es que la industria audiovisual quiere solucionar su problema, pero no es capaz de ver la oportunidad que tiene delante. Sus clientes les piden a gritos un cambio en su modelo de negocio, la oportunidad es de aquel que les escuche.
