Perdiendo mi religión I, los primeros años

Mi madre era católica practicante moderada. No era para nada una persona que impusiera sus creencias, pero sí que iba a misa y yo la acompañaba. Mientras que mi padre era ateo declarado, no quiso entrometerse a nivel de temas religiosos y dejó que mi madre hiciera lo que consideraba correcto, o al menos así lo entendí yo en su momento. Durante los primeros años de mi vida ir a misa y rezar era algo totalmente normal. En pocas palabras, yo era católico, creía en Dios y en las enseñanzas de la Biblia, al menos las que me contaban y tal y como me las interpretaban otros.

Sin embargo poco a poco eso fue cambiando. ¿Cómo fue? Evidentemente no fue un proceso rápido, no cambié de un día para otro, pero sin duda cambié.

Supongo que mi primer recuerdo de cuestionamiento no fue en las catequesis en las que me convertí con el tiempo en el terror de mis profesores por las preguntas que hacía, sino tal vez un poco antes, mientras escuchaba las lecturas desde los bancos de madera en la parte alta de la iglesia y miraba las oscurecidas vidrieras por las que no pasaba la luz pues se había construido recintos cerrados de la iglesia. Imaginaba que esa oscuridad representaba el espacio oscuro a un escenario apocalíptico de las lecturas del Armageddon, texto que siempre me ha fascinado y que he leído varias veces.

Mientras el cura hablaba y yo analizaba sus palabras empecé a cuestionar las cosas. ¿Si Dios estaba en todas partes, era realmente necesario ir a la Iglesia para escucharle o pedirle perdón? Había constatado hace tiempo que, por ejemplo el hecho de confesarse, no tenía mucho de sincero, sino más bien de rito mecánico y carente de sentido real. Deduje pues que si realmente te arrepentías de tus pecados ¿para qué decirlo a un cura? Era mejor informar directamente a Dios en confesión sincera, personal e íntima.

Y eso me llevó a otra conclusión. ¿De qué servía el Padre Nuestro o el Ave María? No eran sino formulismos rígidos que no era capaz de sentir. Poco a poco mis rezos pasaron de la cansina y metódica repetición de palabras que otros escribieron siglos atrás, a ser improvisados, sinceros y honestos. Decía a Dios lo que yo sentía que debía decirle. Y no necesitaba ir a misa para eso. La Iglesia no necesitaba paredes, puertas o ritos. Hablar con Dios no precisaba de ir a un lugar aburrido, oscuro a veces y alejado de lo que sentía y me atormentaba en lo más profundo de mi ser.

parte 2

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